Cuando moría un guerrero escita de alto rango, no se llevaba a la tumba cualquier caballo. Se llevaba uno de los mejores. Lo revela un estudio de los huesos de una necrópolis del sur de Rusia, que recoge elDiario.es.
Quiénes eran los escitas
Los escitas fueron un pueblo nómada de las estepas euroasiáticas durante la Edad del Hierro, en el primer milenio antes de Cristo. Su vida giraba en torno al caballo de un modo casi total: montura, transporte, guerra, alimento y símbolo de estatus, todo a la vez. Poca gente ha dependido tanto de un animal.
El hallazgo, hueso a hueso
El trabajo, publicado en la revista Journal of Archaeological Science: Reports y encabezado por la investigadora Natalya N. Spasskaya, analizó los restos de entre 38 y 41 caballos de la necrópolis de túmulos Novozavedennoye-III, en la región rusa de Stávropol, datada aproximadamente entre el 430 y el 300 a.C.
Para saber la edad exacta de cada animal, el equipo examinó 175 huesos (42 incisivos, seis caninos y 113 molares y premolares) con varias técnicas, entre ellas el análisis del cemento dental, que funciona casi como los anillos de un árbol.
Lo que dicen los dientes
El resultado desmonta una intuición cómoda: que a la tumba iban los caballos viejos o de descarte, los que ya no servían. Fue justo al revés. Los animales sacrificados en las ceremonias principales tenían entre cinco y quince años, es decir, estaban en plena forma, con toda su fuerza y capacidad. Los más jóvenes se reservaban, al parecer, para el banquete funerario.
No era despilfarro ni azar: era una elección deliberada. Se ofrecía lo bueno, no lo sobrante.
Por qué importa
Un gesto así cuenta dos cosas. La primera, económica: solo una sociedad con grandes rebaños puede permitirse enterrar a sus mejores caballos, de modo que el ritual es también una exhibición de riqueza y poder.
La segunda es de creencias. Sacrificar un animal en plenitud para acompañar a un muerto de alto rango revela una idea del más allá en la que el guerrero seguía necesitando su montura, y no una cualquiera, sino una digna de él. La calidad del caballo era la medida del respeto al difunto.
Lo que aún falta por saber
Los investigadores apuntan que futuros análisis de ADN podrían aclarar si había preferencia por machos o hembras en estos sacrificios, un detalle que abriría más preguntas sobre cómo pensaban estos jinetes de la estepa.
De momento, queda una imagen poderosa: hace más de dos mil años, en un túmulo de las llanuras rusas, alguien decidió que su mejor caballo no se quedara atrás. Y esos huesos, bien leídos, todavía lo cuentan.



