Hay pueblos de la Costa Blanca donde en verano se oye más inglés o alemán que español. L'Alfàs del Pi, en Alicante, va un paso más allá: buena parte del año, la lengua que se cuela en las conversaciones de la calle es el noruego. Lo cuenta Xataka.

Las cifras

El municipio tiene, según el INE, poco más de 21.000 habitantes. De ellos, aproximadamente el 30% procede de Noruega y, sumando suecos, finlandeses y daneses, casi la mitad de la población es escandinava.

Conviene una precisión con los números: en el padrón figuran unos 2.500 noruegos censados, una cifra bastante menor que la presencia real en las calles. La diferencia se explica, en parte, por razones fiscales: muchos residentes pasan largas temporadas sin llegar a empadronarse. Es decir, hay más noruegos de los que dicen los papeles.

El 17 de mayo, aclarado

El titular de que el pueblo "tiene su propia constitución" es una licencia, y conviene deshacer el equívoco: no existe ningún ordenamiento jurídico paralelo. Lo que se celebra cada 17 de mayo es el Día de la Constitución de Noruega, la fiesta nacional del país, trasplantada al sur de España.

Ese día el pueblo se paraliza: desfiles con miles de personas, niños ondeando banderas, himnos noruegos y, como estampa que lo resume todo, el alcalde pronunciando el discurso institucional en noruego.

Un pueblo con servicios a la escandinava

La comunidad no es un añadido turístico de temporada, sino una presencia asentada con infraestructura propia. En L'Alfàs del Pi hay colegio noruego, una iglesia protestante, el Club Noruego Costa Blanca, prensa en lengua noruega y clubes y asociaciones de voluntariado. Todo un ecosistema que permite vivir en Alicante sin renunciar del todo a las costumbres del norte.

Por qué aquí

Las razones son las de siempre en la Costa Blanca, pero llevadas al extremo: clima, precios de la vivienda históricamente asequibles y el efecto llamada de una comunidad ya instalada. Donde ya hay noruegos, llegan más noruegos.

Lo que enseña este caso

L'Alfàs del Pi es un ejemplo curioso de convivencia que funciona sin demasiado ruido. Dos comunidades, la local y la escandinava, comparten el mismo pueblo con una mezcla de pragmatismo y afecto: el ayuntamiento aprende noruego, los noruegos aprenden a vivir a ritmo mediterráneo, y el 17 de mayo se celebra con la misma naturalidad con la que en agosto se celebran las fiestas del pueblo. No es fusión, es coexistencia. Y, de momento, le sale bien.