Hay pocos sitios en los que uno pueda poner el pie, literalmente, donde lo puso un dinosaurio. El sureste de La Rioja es uno de ellos. Alrededor de localidades como Enciso, el terreno guarda huellas de dinosaurio fosilizadas que se conservan a cielo abierto, y que llevan allí más de cien millones de años.
Huellas, no huesos
La primera precisión es importante, porque es la que suele confundirse. Lo que hace célebre a esta zona no son esqueletos ni fósiles de hueso, sino icnitas: las pisadas que dejaron los animales al caminar sobre barro blando que después se endureció y se convirtió en roca.
Una icnita cuenta cosas que un hueso no cuenta. Registra el movimiento: por dónde iba el animal, a qué velocidad, si iba solo o en grupo, si corría o paseaba. Es, en cierto modo, una fotografía de un instante, no de un cuerpo.
Qué se conserva en Enciso
Enciso es la referencia más conocida de este conjunto. En la zona se han documentado numerosas huellas de dinosaurio y el pueblo cuenta con un centro dedicado a la paleontología, según recoge la ficha del municipio en Wikipedia. Los alrededores, con parajes como Las Ruedas de Enciso, se han convertido en un destino habitual para excursionistas y visitantes que van, precisamente, a ver el rastro.
Este periódico se ciñe aquí a lo verificable y no adjudica cifras exactas de huellas ni de yacimientos que no pueda contrastar; la magnitud del conjunto riojano es notable, pero los recuentos concretos conviene consultarlos en las propias instituciones paleontológicas.
Por qué aquí
La razón es geológica. Hace decenas de millones de años, esta parte del norte peninsular era una llanura de lagos, ríos y zonas encharcadas, el tipo de ambiente de barros blandos en el que una pisada queda marcada y, con suerte, se preserva. Que hoy esos barros sean roca expuesta en laderas y barrancos es lo que permite verlas sin excavar.
No es casualidad que la comarca haya construido buena parte de su identidad turística y educativa en torno a esto: centros de interpretación, rutas señalizadas y reproducciones a tamaño real conviven con los yacimientos originales.
Cómo se visita, en corto
Es un plan de naturaleza y paciencia. Las huellas están al aire libre, así que conviene calzado cómodo, agua y protección solar, sobre todo en verano, y respetar la señalización: pisar o tocar una icnita la desgasta, y son irremplazables. Los centros de interpretación de la zona ayudan a entender qué se está mirando, porque a ojo desnudo una huella erosionada no siempre salta a la vista.
Lo que dice este patrimonio
Más allá de la anécdota, estos yacimientos tienen un valor científico real y continuado: son laboratorios al aire libre donde todavía se estudian el comportamiento y la diversidad de la fauna del Mesozoico. La paleontología riojana sigue viva, con investigación en marcha, y de vez en cuando salta a los titulares con algún hallazgo nuevo.
Pero incluso sin novedad, el fondo del asunto es el mismo y no se gasta: en un rincón del norte de España se puede seguir, paso a paso, el camino que trazó un animal que se extinguió mucho antes de que existiera nadie para mirarlo.



