En el fondo del mar de Noruega, a casi 1.700 metros de profundidad, hay un submarino nuclear soviético que lleva casi cuarenta años ahí abajo con su reactor y dos torpedos de cabeza nuclear dentro. Se llama Komsomolets, y cada cierto tiempo vuelve a la actualidad con la misma pregunta: ¿cuánto peligro guarda? Lo repasa Xataka, y la respuesta, con los datos disponibles, es más tranquilizadora de lo que sugiere el titular.
Cómo acabó en el fondo
El K-278 Komsomolets se hundió el 7 de abril de 1989 tras declararse un incendio a bordo mientras navegaba sumergido. La tripulación logró llevarlo a la superficie, pero el fuego siguió avanzando y destruyó sistemas críticos; horas después, el submarino se fue definitivamente al fondo. De los 69 tripulantes murieron 42, muchos por hipotermia en el agua helada del Ártico antes de que llegara el rescate.
No era un sumergible cualquiera. Era un prototipo de casco de titanio capaz de bajar a profundidades a las que ningún otro submarino de su época llegaba, y ese mismo casco es el que hoy lo mantiene relativamente entero en el fondo.
La carga que preocupa
El Komsomolets se hundió con dos fuentes de material radiactivo a bordo: su reactor nuclear y dos torpedos armados con cabezas nucleares que contienen plutonio. Durante décadas, la duda de los oceanógrafos ha sido si el agua marina terminaría por corroer esas estructuras y liberar la radiactividad a un mar del que dependen la pesca y buena parte de Europa.
Qué dicen las mediciones
La respuesta corta es que sí hay fuga, pero pequeña y localizada. Según recoge Xataka, las campañas de medición han detectado emisiones intermitentes de radionúclidos procedentes del reactor: el agua ha ido alcanzando el combustible y erosionando el acero. Ahora bien, las concentraciones más altas aparecen justo en un conducto de ventilación del propio pecio, no en el mar abierto, y ahí el material se diluye con rapidez en las frías aguas del norte.
Dicho de otra forma: no se ha encontrado una acumulación significativa de radiactividad en el entorno, ni indicios de que el plutonio de las ojivas se esté escapando a la columna de agua. Es una fuga real, pero controlada por la propia dinámica del océano.
Lo que se hizo y lo que se decidió no hacer
En 1994, cinco años después del hundimiento, una expedición colocó placas de titanio para sellar los tubos lanzatorpedos. Desde entonces la estrategia ha sido otra: vigilar en vez de intervenir. No hay planes para reflotar el submarino ni para nuevas obras de contención, y la lógica es sencilla: sacar de allí una nave con un reactor degradado podría dispersar más radiactividad de la que hoy escapa, además de costar una fortuna. Sale más a cuenta dejarlo quieto y medirlo.
Un problema para tener vigilado, no para entrar en pánico
El Komsomolets es una herencia incómoda de la Guerra Fría, pero conviene ponerlo en su sitio. No es una bomba a punto de contaminar medio continente, sino un reactor que se degrada muy despacio bajo casi dos kilómetros de agua fría y que suelta radionúclidos a un ritmo medible y, hasta ahora, diluido. Merece seguimiento continuo, no titulares apocalípticos. Es, más bien, un recordatorio de la cantidad de material nuclear que la Guerra Fría dejó repartido por el fondo de los océanos, esperando.



