Los dientes guardan secretos que ni siquiera el ADN puede contar. Un equipo de investigación liderado por el CENIEH (Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, en Burgos) ha logrado reconstruir la evolución del oso de las cavernas a lo largo de casi un millón de años leyendo las proteínas conservadas en el esmalte dental de fósiles, según recoge elDiario.es.
Una técnica que va más allá del ADN
La herramienta se llama paleoproteómica, y su gran ventaja es el tiempo. El material genético se degrada relativamente rápido (rara vez se recupera ADN de más de unos cientos de miles de años), pero ciertas proteínas del esmalte pueden permanecer legibles durante millones de años. Son, en la práctica, un archivo molecular que sobrevive donde el ADN ya no llega. Analizando 55 muestras de osos fósiles de yacimientos de España, Portugal e Italia mediante espectrometría de masas, el equipo ha podido ordenar el árbol evolutivo del grupo, como explica madri+d.
El eslabón de Atapuerca
La pieza clave es Ursus dolinensis, una especie descubierta hace tres décadas en la Gran Dolina de Atapuerca cuya posición en la genealogía de los osos estaba en discusión. El nuevo análisis la sitúa en una posición basal: no fue un callejón sin salida, sino una de las primeras ramas del linaje que acabó conduciendo al oso de las cavernas (Ursus spelaeus), pasando por especies intermedias como Ursus deningeri. El registro muestra, además, cómo estos animales fueron desarrollando poco a poco rasgos especializados (molares más grandes, caninos más reducidos) asociados a una dieta cada vez más herbívora.
Por qué Atapuerca es clave
Que este trabajo salga de Atapuerca no es casualidad. Sus yacimientos ofrecen una secuencia estratigráfica excepcional: capas y capas superpuestas que abarcan momentos muy distintos del Pleistoceno y permiten seguir la evolución paso a paso durante cientos de miles de años, algo que pocos lugares del mundo brindan. A ello se suman unas condiciones de conservación que han mantenido las proteínas en un estado sorprendentemente legible.
El estudio, que tiene su origen en una tesis doctoral pionera defendida en la Universidad de Burgos, según el propio CENIEH, abre una vía prometedora: usar las proteínas para releer la historia de la vida más allá del límite del ADN. El oso de las cavernas se extinguió hace unos 24.000 años, pero su historia seguía escrita, en clave química, en sus muelas.



