Los grandes incendios de este verano no solo queman monte: están arrasando precisamente los lugares que España había decidido proteger. Según el análisis que publica elDiario.es a partir de los datos del sistema europeo Copernicus EFFIS, el 38% de la superficie quemada en 2026 se encuentra dentro de espacios protegidos.

Un dato que se repite cada verano

No es un mal año aislado. Los mismos datos sitúan a 2026 como el cuarto peor ejercicio por superficie protegida quemada desde que hay registros comparables, solo por detrás de 2004, 2022 y 2025. Y el año pasado ya fue devastador: en 2025 ardieron más de 100.000 hectáreas de suelo protegido.

Puesto en perspectiva larga, el balance es contundente: desde el año 2000, el fuego se ha llevado por delante más de 661.000 hectáreas de espacios protegidos en España. La red de parques y zonas de la Red Natura 2000, pensada para blindar los ecosistemas más valiosos, no está a salvo de las llamas.

La Mierla, el caso más grave de este verano

El incendio de La Mierla, en la Sierra Norte de Guadalajara, es el símbolo de este verano. Ronda ya las 29.000 hectáreas según EFFIS y afecta de lleno a un espacio natural protegido del interior peninsular, una comarca de montaña de alto valor ecológico.

Pero no está solo. El mapa del fuego de estos meses incluye otros nombres en zonas sensibles, como el incendio de Manzaneda, en Ourense (alrededor de 23.000 hectáreas), o el de Soba, en Cantabria (en torno a 20.000). Tres comunidades distintas, un mismo patrón: fuegos muy grandes que entran en territorio protegido y lo devoran a la misma velocidad que cualquier otro monte.

Por qué arde lo que debería estar a salvo

La explicación de fondo la resume bien la investigadora del CSIC Cristina Santín, citada por elDiario.es: "En los últimos años estamos batiendo récords de todo en los incendios: superficie, grandes fuegos, altitud, personas evacuadas". Es decir, no es que el fuego busque los parques; es que los fuegos son cada vez más extremos y, cuando alcanzan esa dimensión, la etiqueta de "protegido" no cambia nada sobre el terreno.

Detrás está el clima. Las temperaturas cada vez más altas y las olas de calor encadenadas, como la que atraviesa el país estos días, resecan la vegetación y la convierten en combustible. Un monte estresado por la sequía arde más y más rápido, dé igual la figura legal que lo ampare.

Lo que está en juego

Un espacio protegido no es un mapa: es un ecosistema que ha tardado décadas o siglos en formarse y que, una vez calcinado, tarda otro tanto en recuperarse, si es que las condiciones climáticas futuras se lo permiten. Que más de un tercio de lo quemado este año caiga dentro de esas zonas obliga a una pregunta incómoda: de qué sirve declarar protegido un territorio si no somos capaces de defenderlo del fuego que el propio calentamiento alimenta.