El proyecto que desafió a la roca
A comienzos del siglo XX, una empresa hidroeléctrica afrontó un reto formidable: llevar las aguas del río Cares por una de las gargantas más inhóspitas de Europa hasta una central, para producir electricidad. No había máquinas modernas ni perforadoras: había hombres con pico, martillo y dinamita. La obra del canal se prolongó, según las fuentes, entre 1916 y 1921, y supuso excavar kilómetros de galería directamente en la pared, a veces a cientos de metros sobre el vacío, en un trazado que en muchos tramos apenas supera el metro y medio de ancho.
Las condiciones eran durísimas. Los obreros vivían en cabañas y refugios improvisados, expuestos al frío y a los aludes; el invierno llegaba a dejar incomunicados a los pueblos de la zona. Aquel esfuerzo titánico tenía un único fin práctico: mantener vivo el canal, vigilar las compuertas y reparar las filtraciones para que el agua no dejara de fluir.
Del operario al excursionista
Durante décadas, el camino fue exactamente lo que su nombre indicaba: un camino de servicio. Los únicos que lo recorrían eran los trabajadores de la central. Pero a mediados del siglo XX, una vez consolidada la infraestructura, se acondicionó el sendero —con pasarelas, escaleras y puentes— para que pudiera transitarse con relativa seguridad, según recoge Turismo de Asturias. Aquella decisión convirtió el camino de los operarios en el camino de los caminantes.
Desde entonces, la Ruta del Cares se ha convertido en un imán para senderistas de todo el mundo, hasta ganarse el sobrenombre de «Garganta Divina». Discurre por el desfiladero que el río Cares ha excavado entre dos macizos de los Picos de Europa, y une Caín (León) y Poncebos (Asturias) a lo largo de unos 11-12 kilómetros por sentido.
Una aventura al borde del vacío
Recorrer hoy el Cares es asomarse a una obra de ingeniería convertida, sin pretenderlo, en espectáculo. Las pasarelas siguen siendo estrechas; los túneles conservan sus ventanas abiertas a pico en la roca, con vistas de vértigo sobre el cañón. La dificultad técnica es moderada, pero la exigencia física es real: hay que reservar varias horas y mantener la atención en un sendero que no perdona los descuidos. Conviene calzado adecuado, agua y prudencia, sobre todo en los tramos sin protección y en días de mucha afluencia. Más que una ruta, el Cares es un monumento que se camina: el de la terquedad de quienes lo excavaron y el de cada visitante que elige seguir, un siglo después, el viejo camino del agua.



