Una ciudad con doble fondo
Lyon tiene dos caras. La primera es la que cualquier visitante ve al llegar: la confluencia del Ródano y el Saona, las colinas de Fourvière y Croix-Rousse, las plazas y los bouchons. La segunda está detrás de las puertas, literalmente. Escondidos entre fachadas aparentemente cerradas, Lyon alberga cerca de 500 pasadizos que atraviesan el interior de los edificios y conectan una calle con otra, o con un patio interior. Se llaman traboules, del latín trans ambulare: atravesar caminando.
Qué son las traboules
Una traboule no es un callejón: es un pasaje que discurre por dentro de un edificio —a veces de varios seguidos— y que puede incluir escaleras de caracol, galerías con columnas o patios con fuentes. Algunos atraviesan un único portal; otros encadenan cuatro o cinco edificios y desembocan en una calle distinta a la de entrada. Existen además los miraboules, patios interiores sin salida pero de gran belleza arquitectónica. En total, las traboules se reparten por más de 200 calles de la ciudad, aunque solo unas ochenta permanecen accesibles al público.
La herencia de los canuts
Los pasadizos más antiguos están en el Vieux Lyon, el casco renacentista declarado Patrimonio Mundial por la Unesco, donde facilitaban el trasiego comercial desde el siglo XV. Pero las traboules más características son las de la colina de Croix-Rousse, ligadas a la industria que hizo grande a la ciudad: la seda. Durante los siglos XVIII y XIX, allí vivían y trabajaban los canuts, los tejedores que abastecían a las casas de moda europeas. La seda es delicada, sensible a la lluvia, y los canuts necesitaban mover sus rollos de tela entre talleres y almacenes a resguardo: las traboules fueron la solución. En las revueltas obreras de 1831 y 1834, y más tarde durante la ocupación nazi, esos mismos pasadizos sirvieron para desplazarse sin ser visto.
Cómo descubrirlas
Desde 1990, un acuerdo entre el Ayuntamiento y los propietarios garantiza el acceso público a muchas traboules durante el día, a cambio de colaborar en su mantenimiento. La única norma no escrita es la discreción: tras muchas de esas puertas vive gente. La Oficina de Turismo organiza visitas guiadas por el Vieux Lyon y Croix-Rousse y reparte mapas con las entradas señalizadas; la más fotografiada es la de la Cour des Voraces, con su vertiginosa escalera de cinco pisos. Pero el método más satisfactorio sigue siendo el más antiguo: caminar despacio, fijarse en las puertas entornadas, empujar con cuidado y ver adónde llevan.



