La vid que se murió y el mundo que se abrió

Hubo un tiempo en que la Marina Alta olía a uva. Los campos entre Dénia, Xàbia, Pedreguer y Orba estaban cubiertos de viñedos que producían la pasa de moscatel más apreciada de Europa, embarcada hacia los mercados ingleses. Era una economía frágil, pero la única que tenían. Entonces llegó la filoxera: el insecto que ya había arrasado Francia se coló en la comarca a comienzos del siglo XX y, en pocos años, ennegreció los viñedos que habían dado identidad y sustento a generaciones enteras. Para los jornaleros no quedaba nada. Fue entonces cuando alguien habló de América.

El éxodo: pueblos que se vaciaron

En las dos primeras décadas del siglo XX, según el reportaje de elDiario.es, unos 15.000 valencianos —la mayoría de la Marina Alta y comarcas vecinas— cruzaron el Atlántico, una cifra que representó cerca del 10% de toda la emigración española a Norteamérica en ese período. Las cifras por pueblo revelan la sangría: localidades como Orba, que apenas rondaba el millar de habitantes, despidieron a más de la mitad de su población. El tirón era irresistible: en las obras y fábricas de Estados Unidos un emigrante ganaba en una semana lo que en su pueblo tardaba un año en cobrar.

El viaje: de los puertos franceses a Ellis Island

No era un camino sencillo. Viajaban en tercera clase, cruzando primero los Pirineos hasta puertos franceses como Cherburgo o Le Havre, desde donde partían los grandes vapores rumbo a Nueva York. Semanas después, divisaban la Estatua de la Libertad y tenían que superar el filtro médico de Ellis Island. Quienes pasaban sabían adónde ir: al Lower East Side de Manhattan, donde existía «La Valenciana», una pensión regentada por paisanos que ofrecía cama, comida y ropa de trabajo a los recién llegados. Era el primer eslabón de una cadena de solidaridad entre compatriotas.

Brazos para construir América

Los valencianos de la Marina Alta no llegaron a montar grandes negocios, sino a ofrecer sus brazos: trabajaron en los ferrocarriles en expansión, en las obras, las minas y las fábricas, sobre todo en Nueva York y en ciudades industriales de Connecticut. La emigración se aceleró durante la Primera Guerra Mundial, cuando la demanda de mano de obra disparó los salarios, y se frenó hacia 1920, cuando Estados Unidos endureció las cuotas de entrada para españoles e italianos.

El legado: dólares, tierras y vínculos que perduran

Muchos no volvieron. Pero los que regresaron lo hicieron transformados, con dólares en el bolsillo con los que compraron las tierras que antes habían trabajado para otros: una pequeña revolución que democratizó la propiedad agraria de la comarca. El fenómeno ha sido estudiado a fondo por la investigadora Teresa Morell Moll en Valencians to New York, a partir de registros de Ellis Island, archivos parroquiales y testimonios orales. Hoy, los riuraus —las construcciones de arcos donde se secaba la pasa— siguen en pie como testigos de aquella economía perdida, y en algunos pueblos del Montgó hay familias que, cuatro generaciones después, siguen volviendo cada verano desde Connecticut o Nueva York. Del Montgó a Manhattan, y de vuelta: un viaje de ida y vuelta que nunca terminó del todo.