Un bosque que parece infinito

En el norte de Navarra, pegada a la frontera con Francia, se extiende una de las grandes masas forestales de Europa: la Selva de Irati. Más de 17.000 hectáreas de hayas y abetos se despliegan entre los valles de Aezkoa y Salazar, en el Pirineo navarro, formando, según elDiario.es, uno de los hayedos-abetales más extensos y mejor conservados del continente. Aquí las hayas dominan las cotas medias y los abetos se entrelazan entre ellas, tejiendo un dosel tan tupido que, en los días nublados, la luz apenas llega al suelo.

El espectáculo del otoño

Si hay un momento para Irati, es el otoño. Cuando bajan las temperaturas, el bosque estalla en una paleta de verdes, dorados, ocres y rojizos que cambia de una semana a otra. Es entonces cuando llegan más visitantes, atraídos por un paisaje que parece sacado de un cuento. Pero la selva tiene su encanto en cada estación: en verano ofrece sombra y frescor; en invierno, cubierta de nieve, regala el silencio solemne de los árboles desnudos.

El embalse de Irabia, corazón de agua

En el interior del bosque descansa el embalse de Irabia, formado en el río Irati y rodeado de laderas arboladas que se reflejan en sus aguas. Una ruta circular de unos 9 kilómetros lo rodea por completo y es uno de los itinerarios más populares de la zona, accesible para caminantes de nivel medio. Es la postal clásica de Irati: el bosque mirándose en el agua.

Cómo visitarla

La Selva de Irati se recorre durante todo el año a través de senderos de distintos niveles, paseos interpretativos y rutas para bicicleta de montaña. Los accesos principales se hacen desde los pueblos de Ochagavía (valle de Salazar) y Orbaiceta (valle de Aezkoa), donde hay puntos de información para el visitante. Conviene ir con calzado adecuado, consultar el estado de las pistas —algunas se cierran en invierno por nieve— y respetar un entorno natural de enorme valor. Más que una excursión, Irati es una inmersión: la sensación de que, en este rincón del Pirineo, manda el bosque.