Un mapa para los animales invisibles
El campus de Penryn de la Universidad de Exeter, en Cornualles (Reino Unido), alberga centenares de especies que conviven con estudiantes y profesores casi sin que estos se den cuenta. La novedad es un mapa digital que no se limita a inventariar qué animales hay, sino que dibuja cómo se mueven: por dónde circulan los erizos, dónde encuentran comida las gaviotas, qué rincones usan como refugio. Hacer visible esa trama oculta es el primer paso para protegerla.
Qué son las «autopistas de erizos»
El concepto estrella son las hedgehog highways, literalmente «autopistas de erizos»: pequeños huecos —de unos 13 por 13 centímetros— abiertos en vallas y muros que permiten a estos animales pasar de un jardín a otro. Parece un detalle menor, pero no lo es: un erizo recorre cada noche distancias considerables en busca de alimento y pareja, y los cerramientos modernos fragmentan el territorio hasta dejarlo aislado. Un simple agujero puede reconectar todo un barrio.
La idea procede de la campaña Hedgehog Street, impulsada por las organizaciones británicas PTES y BHPS, que desde hace más de una década anima a los ciudadanos a abrir esos pasos en sus jardines. Decenas de miles de voluntarios se han sumado, creando una red invisible de corredores por todo el país.
Una especie en retroceso
La urgencia es real. El erizo europeo ha sufrido un fuerte descenso en buena parte del continente: en el Reino Unido se calcula que su población se ha reducido a la mitad desde el año 2000, con caídas especialmente acusadas en el campo. En 2024, la Lista Roja de la UICN pasó a clasificar a la especie como «casi amenazada», un toque de atención sobre una de las criaturas más queridas de los jardines europeos. Detrás del retroceso hay un cóctel conocido: pérdida de hábitat, agricultura intensiva, desaparición de setos, atropellos y fragmentación del territorio.
La ciudad como último refugio
Aquí está la paradoja esperanzadora: mientras el erizo desaparece de muchas zonas rurales, los jardines, parques y campus urbanos bien gestionados se están convirtiendo en sus mejores aliados. El trabajo de Exeter sugiere que cualquier ciudad —o cualquier universidad— puede hacer algo parecido: cartografiar su fauna, abrir pasos en las vallas, cuidar las zonas verdes, reducir la contaminación lumínica. Gestos modestos que, sumados, pueden marcar la diferencia entre que una especie resista o se apague. A veces, salvar a un animal empieza por algo tan pequeño como un agujero en una valla.



