Hoy pocos lo recuerdan, pero hubo un tiempo en que Ivar Kreuger era uno de los hombres más admirados y ricos del planeta. Y su fortuna no venía del acero ni del petróleo, sino de algo tan humilde como las cerillas. Su ascenso y su brutal caída, que reconstruye Xataka, son uno de los grandes relatos de la historia de las finanzas.
Cerillas a cambio de préstamos
Nacido en Kalmar (Suecia) en 1880, este ingeniero fundó en 1917 Swedish Match, con la que fue absorbiendo fábricas de fósforos. Pero su verdadero golpe de genio fue financiero, no industrial. En la Europa arruinada tras la Primera Guerra Mundial, Kreuger ofrecía a los gobiernos algo irresistible: grandes préstamos a cambio de concederle el monopolio de la fabricación y venta de cerillas en su país. Los Estados obtenían dinero fresco; él, un mercado cautivo. Llegó a controlar buena parte de la producción mundial de cerillas en decenas de países.
Un imperio que no cuadraba
El problema es que las cuentas nunca cuadraban. Kreuger prometía a sus inversores unos dividendos altísimos, muy por encima de lo que su negocio real generaba. ¿Cómo los pagaba? Con el dinero que entraba de nuevos inversores: la mecánica clásica de un esquema piramidal (o Ponzi). Para ocultarlo, tejió una maraña de cientos de sociedades interconectadas y una contabilidad tan opaca como falseada. Por eso hoy se le recuerda, junto a Charles Ponzi o mucho después Bernie Madoff, como uno de los grandes fraudes de la historia, según TIME.
El derrumbe
Todo el castillo dependía de un flujo constante de dinero nuevo. Cuando llegó el crac de Wall Street de 1929 y la Gran Depresión secó el crédito, la estructura se vino abajo. Acorralado por las deudas y con el fraude a punto de destaparse, Ivar Kreuger apareció muerto por un disparo en su apartamento de París en marzo de 1932. La versión oficial fue el suicidio, aunque con los años no han faltado teorías alternativas, como recuerda Ericsson en su repaso a la figura del financiero, ligado a la historia industrial sueca.
La lección que quedó
El desplome de Kreuger fue uno de los mayores de su época y dejó a miles de inversores arruinados. También sirvió de aldabonazo: en aquellos años, Estados Unidos reforzó la regulación de los mercados y creó organismos de supervisión bursátil, en parte como respuesta a escándalos como este. Casi un siglo después, la historia del rey de las cerillas sigue resumiendo, mejor que muchos manuales, cómo se infla y estalla una burbuja: ambición, opacidad, cifras imposibles y, al final, humo.



