Cada vez que una selección llega a una final aparece la misma pregunta en las mesas de análisis: ¿mueve esto la Bolsa? La respuesta que ofrece la literatura académica es menos entusiasta de lo que a muchos les gustaría, y tiene una forma curiosa: el fútbol mueve los mercados, pero sobre todo cuando se pierde.

Cuarenta y nueve puntos básicos, y solo al perder

El trabajo de referencia se titula "Sports Sentiment and Stock Returns" y lo firmaron Alex Edmans, Diego García y Øyvind Norli en The Journal of Finance en 2007. Los autores cruzaron resultados de partidos internacionales con el comportamiento bursátil en 39 países, buscando si el estado de ánimo colectivo deja huella en los precios.

La dejó, pero de forma asimétrica. Una eliminación en la fase decisiva del Mundial se asocia a una rentabilidad anormal de 49 puntos básicos negativos al día siguiente, es decir, cerca de medio punto porcentual de caída. Las victorias, en cambio, no producen un efecto estadísticamente apreciable. El mismo patrón aparece tras partidos internacionales de críquet, rugby y baloncesto.

El efecto se concentra además en las compañías pequeñas y en los partidos más importantes, algo coherente con la explicación que proponen los autores: donde más pesa el inversor minorista local, más se nota el humor de la calle.

Por qué la euforia no cotiza

La asimetría tiene una lectura psicológica conocida. La decepción es una emoción más intensa y más duradera que la alegría, y se traduce con más facilidad en decisiones concretas, incluida la de vender. La euforia de una victoria se disipa en horas y rara vez llega a la orden de compra.

Hay también una razón más prosaica. Una final de fútbol no cambia los beneficios empresariales, ni los tipos de interés, ni la inflación, ni las decisiones de los bancos centrales. Son esas variables las que determinan el rumbo de un índice a lo largo de meses, y ninguna de ellas depende de un penalti.

Donde sí se nota: la barra del bar

Hay un canal distinto en el que el efecto es real y medible, aunque no bursátil: el consumo. Una final con España en el campo concentra en unas horas un volumen extraordinario de gasto en hostelería, cerveza, distribución y publicidad televisiva. Los establecimientos que retransmiten el partido llenan sus terrazas y las cerveceras refuerzan el suministro días antes.

Ese movimiento es tangible y ocurre el mismo domingo. Lo que la evidencia no respalda es el salto siguiente: que una noche de récord en los bares se convierta en una revalorización sostenida de las cotizadas. El efecto es concentrado, corto y muy inferior al ruido normal del mercado.

Qué mirar el lunes

Si el lunes el Ibex 35 abre en verde, la tentación de atribuirlo a la final será fuerte, y probablemente equivocada. Cualquier movimiento de esa mañana se explicará mejor por lo de siempre: los datos macroeconómicos de la semana, la temporada de resultados y lo que hagan los tipos.

La conclusión de veinte años de investigación en finanzas conductuales es modesta pero firme. El fútbol se cuela en los mercados por la puerta de la decepción, no por la de la celebración.