Un italiano en la corte española
Hay pintores que no buscaron la fama y, sin embargo, dejaron un archivo visual impagable de su época. Fernando Brambila (Cassano d'Adda, Italia, 1763 – Madrid, 1834) es uno de ellos. Formado en la Academia de Brera de Milán en la perspectiva y el dibujo de arquitecturas, acabó al servicio de la corona española, donde desarrolló casi toda su carrera, según reseña el Museo del Prado.
Su especialidad no era el retrato ni la gran escena histórica, sino el paisaje y la vista urbana: la representación precisa de ciudades, palacios y jardines. Una disciplina menos vistosa, quizá, pero que con el tiempo se ha revelado como un valiosísimo testimonio documental.
La vuelta al mundo con Malaspina
Antes de instalarse en la corte, Brambila vivió una aventura poco común para un pintor: se enroló como dibujante en la expedición Malaspina (1789-1794), la gran empresa científica española que dio la vuelta al mundo a bordo de las corbetas Descubierta y Atrevida. Su misión fue documentar con exactitud las costas, los puertos y los paisajes que la expedición iba encontrando, un trabajo a medio camino entre el arte y el registro científico.
De regreso a España, su prestigio como dibujante de vistas le abrió las puertas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la que llegó a ser director de Perspectiva, formando a nuevas generaciones de artistas.
Zaragoza en ruinas, junto a Goya
En 1808, durante la Guerra de la Independencia, Brambila protagonizó uno de los episodios que hoy más se recuerdan de su trayectoria. Tras los sitios de Zaragoza, participó en la realización de una serie de grabados, las Ruinas de Zaragoza, que documentaban la devastación de la ciudad, en colaboración con Juan Gálvez.
Es en este punto donde su nombre se cruza con el de Francisco de Goya. Conviene precisar el matiz para no exagerar la anécdota: ambos fueron coetáneos y quedaron marcados por el mismo drama bélico, pero no firmaron juntos una obra. Goya volcó el horror de la guerra en la carga emocional de sus Desastres; Brambila optó por un enfoque más documental, casi arquitectónico, de la ruina. Dos miradas distintas ante la misma tragedia.
Los Reales Sitios, su gran legado
La obra por la que hoy se le reivindica llegó en la última etapa de su vida. Por encargo real, Brambila realizó una amplia serie de vistas de los Reales Sitios: La Granja de San Ildefonso, Aranjuez, El Escorial, el entorno del Palacio Real de Madrid. No son estampas de monumentos vacíos, sino escenas vivas, con fuentes en funcionamiento, jardines cuidados y figuras que pasean por las terrazas.
Ese es su mayor valor. Esas vistas nos muestran cómo eran realmente esos espacios en el primer tercio del siglo XIX, antes de las transformaciones posteriores, y funcionan como una auténtica máquina del tiempo del patrimonio español. Reproducidas después en litografías, permitieron que su mirada circulara más allá de los palacios.
Durante décadas, buena parte de su producción quedó en depósitos y su nombre se difuminó. Ahora, instituciones como la Galería de las Colecciones Reales han empezado a rescatar su figura, dedicándole atención expositiva. Un recordatorio de que la memoria de una época también se escribe con paisajes, y de que a veces el testigo más fiel no es quien firma la obra más célebre, sino quien mira con la mayor precisión.



