Rusia ha decidido prohibir la exportación de diésel para dar prioridad a su mercado interno, después de que los repetidos ataques con drones ucranianos contra sus refinerías hayan reducido drásticamente su capacidad para producir combustible, según Bloomberg. La medida amenaza con encarecer el gasóleo en todo el mundo.
Refinerías golpeadas, gasolineras con colas
La ofensiva ucraniana ha convertido las infraestructuras energéticas rusas en un objetivo prioritario de la guerra. Los drones de largo alcance han alcanzado varias de las principales refinerías del país (entre ellas las de Riazán, Moscú, Kirishi y NORSI), hasta dejar fuera de servicio, según los cálculos citados por OilPrice, en torno a una cuarta parte de la capacidad de refino rusa.
El resultado, puertas adentro, es una escasez de combustible que ha obligado a racionar la venta en gasolineras de numerosas regiones y ha generado colas y malestar. Ante ese cuadro, el Kremlin prioriza abastecer su propio mercado, y por eso corta la salida de gasóleo al extranjero. El veto se suma a restricciones previas sobre la gasolina y el queroseno.
Por qué importa fuera de Rusia
Rusia no es un actor menor en este mercado: hasta ahora era uno de los mayores exportadores de diésel del mundo, con alrededor del 11% de la oferta mundial por vía marítima, según datos recopilados por Bloomberg. Retirar ese volumen de golpe estrecha la oferta global justo cuando el mercado ya está tensionado por la crisis en Oriente Próximo y los vaivenes del petróleo.
La consecuencia previsible es una presión al alza sobre los precios del gasóleo, un combustible clave para el transporte de mercancías, la agricultura y la industria. Aunque la Unión Europea dejó de comprar diésel ruso tras la invasión de Ucrania, la menor oferta rusa en Asia y otros mercados obliga a esos compradores a competir por barriles procedentes de otros orígenes, lo que encarece el producto para todos, Europa incluida.
Una guerra que se libra también en el surtidor
El episodio ilustra cómo el conflicto entre Rusia y Ucrania se ha trasladado, de lleno, al terreno económico y energético. Kiev busca asfixiar la maquinaria de guerra rusa golpeando sus refinerías e ingresos por hidrocarburos; Moscú responde blindando su mercado interno a costa de retirar suministro del mundo. En medio, un mercado global de combustibles cada vez más nervioso, en el que cada nueva tensión (Irán, Rusia) se acaba notando, tarde o temprano, en el precio que paga el consumidor.


