Durante décadas, la imagen del cazador prehistórico ha sido la misma: un humano arrojando su lanza contra un mamut, como quien lanza una jabalina. Un estudio de la Universidad de California en Berkeley propone que esa escena podría estar equivocada, según Berkeley News.

Una pica clavada, no una jabalina

La investigación, publicada en la revista PLOS ONE y firmada por Scott Byram, Kent Lightfoot y Jun Sunseri, se centra en las puntas Clovis, las célebres puntas de piedra talladas por algunos de los primeros pobladores de América. La propuesta: en lugar de lanzarse, esas puntas irían montadas en una lanza robusta apoyada o clavada en el suelo, a modo de pica. Cuando un animal enorme (un mamut, un bisonte) cargaba, se empalaba él mismo sobre el arma, y era su propio peso e ímpetu lo que causaba la herida mortal, sin que el cazador tuviera que acercarse a golpear.

Un mecanismo ingenioso

Según los autores, el sistema funcionaría casi como un muelle. Al penetrar en el animal, la punta y su encastre podían retraerse ligeramente dentro del astil, absorbiendo el impacto y agrandando la herida, en una idea que los investigadores comparan con la de una bala expansiva moderna. Todo ello protegía al cazador del choque directo con un animal de varias toneladas.

Cómo lo han estudiado

No es solo teoría de despacho. El equipo reprodujo puntas Clovis con técnicas de talla prehistórica y las sometió a pruebas de impacto, midiendo cuánta fuerza aguantaba el conjunto antes de romperse. Además, revisaron cómo otras culturas de la historia, de Europa a Asia, emplearon picas fijas para frenar a animales grandes o a la caballería. La combinación de experimento y comparación histórica es la base de su hipótesis.

Una idea prometedora, aún por confirmar

Conviene subrayarlo: se trata de un modelo respaldado por experimentos, no de una certeza. Los propios autores reconocen las limitaciones y anuncian pruebas más ambiciosas, con réplicas que simulen mejor la embestida de un animal real. Aun así, el trabajo invita a repensar una imagen que dábamos por sabida y recuerda que la arqueología experimental (rehacer y probar los objetos del pasado) puede poner patas arriba certezas de manual. La pregunta que lo mueve es tan simple como poderosa: ¿y si lo que creíamos no era exactamente así?