Alguien se ha llevado a George Orwell del parque Miguel Servet de Huesca. No al escritor, claro, sino el bajorrelieve de bronce que lo homenajeaba, y que desapareció la madrugada del jueves de la semana pasada (en torno al 16 de julio). Lo cuenta Xataka, y el robo tiene más carga de la que parece.

Una obra hecha entre muchos

La pieza no era un encargo institucional cualquiera. Se inauguró el 19 de mayo de 2024 tras una campaña de mecenazgo en la que participaron más de 500 personas, con bonos y aportaciones populares que reunieron alrededor de 25.000 euros (la escultura en sí costó unos 8.000). Es decir: lo que se han llevado lo había pagado, moneda a moneda, la propia ciudadanía.

El historiador Víctor Pardo resumió el sentir general al calificar el robo como "un acto absolutamente deleznable y condenable".

Por qué Orwell y por qué Huesca

Que el monumento estuviera precisamente aquí no es casualidad. Eric Arthur Blair, George Orwell, no fue un intelectual de despacho: en el invierno de 1937 combatió como miliciano en el bando republicano en el frente de la Sierra de Alcubierre, en la provincia de Huesca, durante la Guerra Civil española. Allí, en aquella guerra de trincheras, frío y barro, un disparo le atravesó el cuello y estuvo a punto de costarle la vida.

De aquella experiencia salió uno de sus grandes libros, Homenaje a Cataluña, y buena parte de la lucidez con la que después retrató, en 1984 y Rebelión en la granja, cómo el poder manipula el lenguaje y reescribe la verdad. Huesca quedó además grabada en una promesa que se hizo célebre entre los milicianos: la de volver algún día a tomarse un café en la ciudad. Orwell nunca regresó.

Chatarra por memoria

La parte más descorazonadora es el probable móvil. El bronce se paga a unos 6 euros el kilo, y una pieza de unos 120 kilos apenas daría 720 euros como chatarra. Ese es, con toda probabilidad, el valor por el que ha desaparecido un monumento que costó años de voluntad colectiva levantar.

Queda la investigación y queda la esperanza de recuperarlo. Pero también queda la incómoda paradoja de fondo: robar por unos cientos de euros el homenaje al escritor que mejor advirtió sobre lo que ocurre cuando una sociedad deja de cuidar su memoria.