Un acuerdo que cierra el culebrón
Renfe y Talgo han alcanzado un acuerdo que pone fin a uno de los grandes quebraderos de cabeza del ferrocarril español: el de los trenes de alta velocidad Avril. La operadora pública aplaza hasta 2032 el pago de la multa de 116 millones de euros que impuso a Talgo por los retrasos en la entrega de esos trenes, y que el fabricante abonará repartida a lo largo de seis años desde esa fecha, según El Español. La penalización sigue en pie, pero el nuevo calendario libera a Talgo de una presión inmediata sobre su caja.
Más trabajo a cambio
El pacto no es solo una prórroga: es un acuerdo de beneficio mutuo. Renfe encarga además a Talgo transformar 15 trenes Avril de ancho fijo a rodadura desplazable —capaces de circular por distintos anchos de vía— por unos 132 millones de euros, según Merca2. Ese volumen de trabajo supone ingresos para el fabricante justo cuando más los necesita, y a la vez le da a Renfe unos trenes más versátiles. La operadora asume también una mejora del contrato de mantenimiento.
La pesadilla de los Avril
La historia de los Avril ha sido larga y accidentada. Encargados años atrás, llegaron con un retraso de más de dos años, lo que obligó a Renfe a estirar la vida de trenes viejos y a rehacer planes. El problema se agravó cuando se detectaron fisuras en los bogies —el bastidor con ruedas— de varias unidades ya en servicio comercial, lo que forzó a retirarlas temporalmente para su inspección. La multa de 116 millones nació precisamente de todos esos incumplimientos.
Por qué a Renfe le interesa
Puede parecer contradictorio que Renfe rescate a quien acaba de sancionar, pero tiene su lógica. Talgo atraviesa una etapa financiera delicada, con procesos abiertos de entrada de capital, y a Renfe no le conviene que su principal proveedor nacional de trenes se hunda: necesita que alguien mantenga su flota de Avril durante décadas y quiere preservar la capacidad industrial ferroviaria en España. Transformar el conflicto en más trabajo evita, además, años de litigios. El acuerdo no resuelve la fragilidad de fondo de Talgo, pero le compra algo esencial en plena crisis: tiempo.



