Tienen veinte años, corren kilómetros con mochila a la espalda y superan pruebas físicas exigentes. Sobre el papel, un recluta es la imagen misma de la salud. Y, sin embargo, ese perfil (joven, entrenado, sometido a un esfuerzo intenso y sostenido) concentra una parte llamativa de las muertes súbitas cardiacas que se producen antes de los 35 años. La cardiología europea insiste en el mensaje: no es que el ejercicio sea peligroso, sino que el esfuerzo máximo puede destapar problemas cardiacos que hasta entonces no daban la cara.

Un corazón sano no muere corriendo

La clave para entenderlo es que la muerte súbita en un joven deportista o militar casi nunca cae del cielo. En la mayoría de los casos existe una enfermedad cardiaca previa, con frecuencia silenciosa: miocardiopatías (como la hipertrófica), alteraciones eléctricas del corazón o anomalías congénitas de las arterias coronarias. El ejercicio intenso actúa entonces como desencadenante de una arritmia mortal en un corazón que ya tenía un defecto de fábrica, como recuerda la Fundación Española del Corazón.

Por qué el ámbito militar es un caso aparte

En un ejército conviven dos factores que elevan el riesgo. El primero es el esfuerzo extremo: marchas forzadas, instrucción en condiciones de calor o frío severos y pruebas al límite. El segundo es que se somete a esa exigencia a grandes grupos de jóvenes de forma simultánea, muchos recién incorporados y no siempre bien acondicionados. A esa combinación se suma un peligro clásico en el entrenamiento estival, el golpe de calor por esfuerzo, que puede desembocar en un cuadro grave y que se previene con hidratación, aclimatación progresiva y sentido común a la hora de programar la actividad en las horas de más calor.

Qué proponen las guías de cardiología

Las sociedades científicas europeas, encabezadas por la Sociedad Europea de Cardiología (ESC), llevan años afinando sus recomendaciones sobre la prevención de la muerte súbita en jóvenes y deportistas, disponibles en su portal de guías clínicas. Las líneas maestras son constantes: un reconocimiento médico previo a la actividad intensa que incluya historia clínica y exploración (con debate abierto sobre el papel del electrocardiograma como cribado sistemático), una progresión gradual de la carga de entrenamiento y una atención especial a los síntomas de alarma.

Las señales que no hay que ignorar

Hay avisos que el cuerpo da y que conviene no minimizar por creerse invencible: desmayos o mareos durante el esfuerzo, dolor en el pecho, palpitaciones anormales o una fatiga desproporcionada para lo entrenado que se está. También pesa la historia familiar: haber tenido parientes fallecidos de forma súbita y a edad temprana es un motivo de peso para consultar antes de exprimirse en el gimnasio o en la instrucción.

La herramienta que de verdad salva vidas

Cuando el corazón se para, cada minuto cuenta. Por eso el mayor avance no está solo en detectar el riesgo, sino en responder rápido cuando el fallo ya ha ocurrido: la reanimación cardiopulmonar inmediata y el uso de un desfibrilador externo automático (DEA) en los primeros minutos multiplican las posibilidades de sobrevivir. De ahí la insistencia en que haya desfibriladores accesibles y personal formado en los campos de entrenamiento, cuarteles e instalaciones deportivas. La prevención empieza por el reconocimiento previo, pero se completa con un aparato colgado en la pared y alguien que sepa usarlo.