Una ciudad en andamios perpetuos

Hay madrileños que no recuerdan haber visto la calle Alcalá sin vallas, ni la Gran Vía sin zanjas, ni el norte de la ciudad sin esa promesa, siempre aplazada, de convertirse en algo distinto. Madrid tiene fama de ciudad vivida, ruidosa y nocturna, pero hay otro ruido que también define su carácter: el de los martillos neumáticos que acompañan cada mañana el desayuno de sus habitantes.

En 2026, la capital atraviesa uno de sus ciclos constructivos más ambiciosos en décadas, con proyectos que van desde el soterramiento de grandes vías hasta la remodelación de plazas del centro.

El gran apagón bajo tierra

El proyecto más visible es, paradójicamente, el que busca esconderse. El soterramiento de la A-5, en el suroeste, avanza con la excavación concluida y la apertura prevista para finales de 2026. Cuando el túnel entre en servicio, decenas de miles de vehículos diarios desaparecerán de la superficie en barrios como Latina o Campamento, lo que promete reducir ruido y contaminación.

No es la única gran intervención bajo tierra. En el norte se proyecta enterrar un tramo del eje de la Castellana para liberar suelo peatonal y verde, y en el este se trabaja en plataformas ajardinadas sobre la M-30. Son obras simultáneas, con calendarios solapados y vecinos que llevan meses conviviendo con el polvo. El precio de esa convivencia no es menor: el cierre prolongado de la línea 6 de Metro, la circular, dejó en 2025 a cientos de miles de usuarios buscando alternativas, según recordó El Español.

Madrid Nuevo Norte: tres décadas esperando

Pero la obra que más carga simbólica arrastra es Madrid Nuevo Norte. Lo que empezó como la «Operación Chamartín» hace más de tres décadas ha arrancado por fin en 2026 con la firma del acta de replanteo en Las Tablas Oeste, el primero de sus cuatro ámbitos, según Idealista. El proyecto prevé miles de viviendas, un nuevo distrito de oficinas y amplias zonas verdes en torno a la estación de Chamartín. Las primeras entregas residenciales, sin embargo, no se esperan hasta el final de la década: Madrid, una vez más, vive de la promesa.

El vecino paciente (y el que ya no lo es)

La narrativa oficial habla de «transformación urbana», de «coser la ciudad», de recuperar espacio para el peatón. Y no le falta razón: cuando las obras terminen, Madrid habrá ganado parques donde antes había asfalto y silencio donde antes había tráfico. Pero entre el anuncio y la inauguración median meses —a veces años— de zanjas, desvíos, ruido y locales que cierran por falta de acceso.

El Ayuntamiento insiste en que los plazos se cumplen. Los vecinos, que llevan demasiado tiempo oyéndolo, aplauden con reservas. Esa energía de reinvención permanente es parte del carácter de Madrid; pero la ciudad que nunca termina de construirse es también, a ratos, la que nunca termina de poner a prueba la paciencia de quienes la habitan.