Es uno de los secretos peor guardados del Atlántico y, a la vez, uno de los más olvidados. A cientos de kilómetros de la costa gallega, en las profundidades de la fosa atlántica, reposan desde hace décadas miles de bidones con residuos radiactivos. Cuarenta años después del último vertido, una campaña científica ha empezado a mirarlos de cerca, y lo que ha encontrado obliga a hacerse una pregunta difícil: ¿qué se hace ahora con ellos?

Un vertedero nuclear en el mar

Entre 1949 y 1982, hasta ocho países europeos (entre ellos Reino Unido, Francia, Bélgica, los Países Bajos, Alemania, Italia, Suiza y Suecia) utilizaron esta zona del Atlántico noreste como basurero atómico. Se calcula que arrojaron al mar en torno a 220.000 bidones, unas 140.000 toneladas de residuos de baja y media actividad, según denuncia desde hace años Greenpeace. La lógica de la época era simple y errónea: se confiaba en que la inmensidad y la profundidad del océano diluirían cualquier riesgo.

La práctica se prohibió progresivamente hasta su cese definitivo, después de que Galicia y organizaciones ecologistas plantaran cara a los buques que vertían los barriles. Pero prohibir los vertidos no hizo desaparecer los que ya estaban en el fondo. Simplemente los dejó allí, olvidados.

Robots submarinos para fotografiar el problema

Durante mucho tiempo nadie vigiló el estado de esos bidones. Eso ha empezado a cambiar con una campaña oceanográfica francesa, impulsada por el CNRS, que ha peinado el fondo marino con sónar y robots submarinos para localizarlos y fotografiarlos, según recoge Xataka. La expedición ha cartografiado ya amplias zonas del fondo y localizado varios miles de bidones, una fracción de los que se calcula que siguen dispersos.

Las imágenes muestran lo esperable tras cuarenta años bajo el agua: superficies corroídas, grietas y recipientes deteriorados, con la vida marina colonizando el metal. La radiación no se queda del todo confinada en los bidones, aunque su dispersión en las profundidades es lenta.

El dilema: ¿sacarlos o dejarlos?

Aquí está el nudo del asunto, y lo que resume el titular con que se ha divulgado la noticia: la solución puede ser peor que el problema. Rescatar miles de bidones deteriorados a gran profundidad sería una operación enormemente compleja y arriesgada: manipular recipientes que se caen a pedazos podría liberar de golpe en el agua justo lo que hoy se filtra muy despacio. Subirlos a la superficie o trasladarlos añade sus propios peligros.

Por eso muchos expertos plantean que, al menos por ahora, lo más sensato quizá sea vigilar y monitorizar antes que intervenir a ciegas. La campaña científica busca precisamente eso: saber cuántos bidones hay, en qué estado están y cómo evoluciona la posible fuga de radiactividad.

Una herencia que reclama respuesta

El caso reabre un viejo debate sobre quién se hace responsable de un vertido internacional en aguas próximas a España. Organizaciones como Greenpeace piden a la Unión Europea y al Gobierno español que asuman el seguimiento del problema. Lo que parece claro es que la vieja idea de "tirarlo al mar y olvidarse" ha demostrado ser una hipoteca a largo plazo: cuatro décadas después, esos bidones siguen en el fondo del Atlántico y, por primera vez en mucho tiempo, alguien vuelve a mirarlos.