De la 'hora sexta' a un rito español

La palabra siesta viene del latín hora sexta, la sexta hora tras el amanecer, que era cuando los romanos hacían una pausa en las horas de más calor. Aquella costumbre práctica —una respuesta lógica al bochorno del mediodía mediterráneo— se convirtió con los siglos en un rasgo cultural asociado a España. Conviene, eso sí, desmontar un tópico: hoy la siesta diaria ya no es la norma en el país. Con los horarios laborales actuales, volver a casa a echarse un rato es cada vez más raro, y la costumbre se mantiene sobre todo en autónomos, jubilados y fines de semana.

Lo que dice la ciencia

Que apetezca dormir tras comer no es pereza: nuestro reloj biológico provoca de forma natural un bajón de alerta a primera hora de la tarde. Y ahí la siesta tiene aval científico. La investigación sobre las llamadas power naps muestra que una cabezada breve mejora la atención, el ánimo y el rendimiento, como resume Harvard Health. Es un recurso barato y eficaz para recargar pilas a media jornada.

La clave está en que sea corta

El truco es la duración. Los especialistas coinciden en que lo ideal son unos 10 a 30 minutos. ¿Por qué no más? Porque al pasar de esa media hora el cuerpo entra en fases de sueño profundo y aparece la inercia del sueño: esa sensación de atontamiento y desorientación al despertar, que deja peor que antes. Importa también la hora: la ventana natural está a primera hora de la tarde; dormir demasiado tarde puede interferir con el sueño nocturno, sobre todo en quien ya duerme mal, según recuerda la Sleep Foundation. Una alternativa, si de verdad se necesita más descanso, es una siesta larga de en torno a 90 minutos, que completa un ciclo entero de sueño.

Beneficios y una cautela

Las siestas breves y bien colocadas se asocian a menos estrés y mejor memoria. Ahora bien, conviene un matiz: algunos estudios relacionan las siestas muy largas y habituales con peores indicadores de salud, aunque los propios investigadores advierten de que esa asociación puede deberse a problemas de salud previos más que a la siesta en sí. La lección, en todo caso, es sencilla: poco y pronto. Una cabezada de veinte minutos a primera hora de la tarde es, para la mayoría, un pequeño lujo saludable; alargarla en exceso, contraproducente.