El nombre engaña
Empecemos por deshacer el malentendido más común: la Luna de Fresa —la luna llena de junio— no se llama así por su color. No es que la Luna se ponga rosa o roja. El nombre viene de los pueblos originarios de Norteamérica, que asociaban esta luna llena con la temporada de recolección de las fresas silvestres, según Space.com. Cuando aparecía esta luna, tocaba salir a recoger la fruta. Otras culturas la llamaban «luna de las bayas» o «luna del maíz verde». Es, en realidad, un calendario escrito en el cielo.
Por qué se ve baja y anaranjada
Lo que sí es real es que esta luna llena de junio aparece muy baja en el horizonte —de las más bajas del año en el hemisferio norte—, por ser la primera luna llena tras el solsticio de verano. Y ahí está el truco del color: cuando la Luna está cerca del horizonte, su luz atraviesa más atmósfera, que filtra los tonos azules y deja pasar los anaranjados y dorados, según Live Science. No es magia, es física: el mismo motivo por el que los atardeceres se ven rojizos.
Una «microluna»
Esta edición tuvo además otra curiosidad: fue una «microluna». Ocurre cuando la luna llena coincide con el punto de su órbita más lejano de la Tierra, y entonces se ve algo más pequeña y tenue de lo habitual. Es justo lo contrario de la famosa «superluna».
La fascinación por la Luna
Que cada luna llena tenga su propio nombre —de fresa, de cosecha, de nieve…— dice mucho de nuestra vieja relación con el cielo. Estos fenómenos no tienen nada de extraordinario desde el punto de vista astronómico: son lunas llenas normales. Pero siguen reuniendo a mucha gente a mirar hacia arriba, y eso, en el fondo, es lo bonito: basta levantar la vista para sentirse, por un rato, parte de algo mucho más grande.



