De Tesla al campo

Durante años, Alba Abiega vivió la vida del alto directivo: cargos de responsabilidad en grandes multinacionales y, en su última etapa, un puesto europeo en Tesla, coordinando operaciones entre varias capitales. Hasta que, a finales de 2024, lo dejó. Cambió las reuniones y los aeropuertos por Olmedillo de Roa, un pueblo de menos de 200 habitantes en la Ribera del Duero burgalesa, para dedicarse a hacer vino, según El Español.

Una herencia familiar

El giro no salió de la nada. Su padre llevaba décadas comprando viñedos en la zona —hoy, una veintena de hectáreas de cultivo ecológico— que durante años surtieron de uva a otras bodegas. Alba vio en ese legado la oportunidad de levantar su propio proyecto. De su etapa corporativa, dice, se queda con una lección que aplica ahora a la viña: «aprendí a atreverme, a no castigar el fallo». Aunque el campo, reconoce, enseña humildad: hay muchas cosas que no se controlan.

«Sin prisas»

Su bodega, Alba en Ribera, lanzó sus primeros tempranillos en 2025, según El Español. Los nombres lo dicen casi todo: uno de ellos se llama, precisamente, «Sin prisas», todo un manifiesto. La filosofía es la de la calidad sobre la cantidad: producción muy limitada, mimo en la viña y un ritmo marcado por las estaciones, no por la agenda.

Una tendencia que crece

La historia de Alba conecta con un fenómeno cada vez más visible: el de profesionales de éxito que, cansados del ritmo frenético y del desgaste laboral, deciden bajar revoluciones y buscar una vida con más sentido y menos prisa, lo que algunos llaman slow life. No todos se atreven a dar el salto. Ella sí: vendió, en sentido figurado, sus acciones de la vida corporativa y sembró, literalmente. Su bodega en Burgos es, a la vez, una empresa y una declaración de intenciones: la buena vida no siempre se compra; a veces, simplemente, se cultiva.