La «meta dorada» que no brilla para todos
La jubilación lleva décadas vendiéndose como la recompensa al esfuerzo de toda una vida. Pero, para muchos, el cese de la actividad laboral no representa libertad, sino un precipicio. El fenómeno tiene cada vez más nombres: el dueño de un bar que sigue tras la barra con más de 90 años, la comerciante que no piensa cerrar su tienda, el médico jubilado del sistema público que continúa en la privada. Según el reportaje de Xataka que recoge estas historias, el porcentaje de personas mayores de 65 años que siguen en activo en España se habría multiplicado en la última década, alcanzando máximos históricos.
El peso de la identidad
El trabajo no es solo una fuente de ingresos: es el eje alrededor del cual se construye buena parte de la identidad adulta. La rutina, el reconocimiento, las relaciones con los compañeros, el sentido de utilidad… todo eso desaparece de golpe el día de la jubilación. Un estudio publicado en 2024 describe ese proceso como una «crisis de identidad posjubilación», con consecuencias que van de la soledad a la ansiedad cuando falta una red de apoyo. No es casual, por tanto, que algunos prefieran no llegar nunca a ese punto y opten por seguir trabajando o por sustituir el empleo por actividades con estructura y propósito —enseñar, colaborar, asociarse.
El factor económico
No todo es psicológico. La dimensión económica también pesa. La pensión media de jubilación se situó en agosto de 2025 en 1.507,5 euros mensuales, según la nota oficial del Ministerio de Inclusión. Con el coste de la vida actual, sobre todo en las grandes ciudades, esa cifra no siempre basta; a los 65 no es raro tener hijos aún dependientes, una hipoteca por terminar o gastos de salud crecientes. El marco español contempla la «jubilación activa», que permite compatibilizar parte de la pensión con el trabajo, aunque con requisitos.
La ciencia no tiene una sola respuesta
¿Es bueno o malo para la salud seguir trabajando tras jubilarse? La investigación no lo zanja. Un estudio en Frontiers in Psychiatry con casi 4.000 jubilados chinos encontró más síntomas depresivos entre quienes seguían trabajando, pero los propios autores advierten de que el contexto importa: no es lo mismo trabajar por elección —por vocación o identidad— que por necesidad o presión. La gerontología distingue precisamente entre el empleo voluntario tras la jubilación, asociado a mayor bienestar, y el trabajo forzado por la precariedad, vinculado al efecto contrario.
¿Hay que reformar el modelo?
El envejecimiento pone el tema en el centro del debate. Algunos economistas defienden facilitar la permanencia voluntaria en el mercado laboral —sin penalizar las pensiones— como parte de la solución a la sostenibilidad del sistema. Otros advierten del riesgo de normalizar que la gente trabaje más allá de los 65 como excusa para no abordar de fondo la financiación de las pensiones, trasladando la carga a quienes, en muchos casos, no tienen otra opción. Entre medias, hay quien sigue abriendo su negocio cada mañana no por dinero, sino porque, sencillamente, no sabría quién sería sin hacerlo.



