Casi todos guardamos el recuerdo de esa tía (o ese tío) con quien las cosas eran distintas: la que te dejaba trasnochar un poco más, la que te escuchaba sin sermones, la cómplice de las travesuras y también el hombro al que acudir cuando en casa la cosa se torcía. Lejos de ser un personaje secundario, esa figura tiene un peso real en el desarrollo de los niños, como explica una psicóloga en elDiario.es.

Qué es el apego complementario

La teoría del apego sostiene que los niños necesitan figuras de referencia estables que les den seguridad. Durante mucho tiempo el foco se puso casi en exclusiva en la madre, pero la psicología del desarrollo lleva décadas subrayando que los pequeños construyen vínculos con varias personas a la vez. Es lo que se conoce como apego complementario: además de los padres, otros adultos de confianza (abuelos, tías y tíos, cuidadores) se convierten en bases seguras desde las que el niño explora el mundo.

La tía encaja de lleno en ese papel. No sustituye a los padres, pero suma: aporta otra relación afectiva sólida, con un matiz importante, que suele llevar menos carga de autoridad cotidiana.

Qué aporta específicamente

Precisamente por esa posición un poco "al margen" de la disciplina diaria, la tía puede ofrecer cosas que a los padres, inmersos en la logística de cada día, les cuesta más:

  • Confianza sin tanta tensión: es alguien con quien confiarse cuando algo no se quiere contar en casa.
  • Otro modelo y otra mirada: una forma distinta de ver la vida, aficiones nuevas, referencias diferentes.
  • Complicidad y juego: tiempo de calidad, planes especiales, la sensación de ser importante para otro adulto.
  • Un respiro para los padres: apoyo práctico que alivia la crianza y refuerza la red familiar.

"Hace falta una aldea"

Todo esto conecta con una idea muy repetida en crianza: aquello de que "para criar a un niño hace falta una aldea". Frente al modelo de la familia aislada, en la que toda la responsabilidad recae sobre dos personas agotadas, la existencia de una red de figuras de apego (la abuela, la tía, un amigo de la familia) resulta beneficiosa para el niño y para los padres. El pequeño gana seguridad y modelos; los adultos, apoyo.

Un matiz importante

Conviene, eso sí, un apunte de prudencia: lo que hace valiosa a una tía no es el parentesco en sí, sino la calidad del vínculo. Una relación de confianza, presente y afectuosa aporta mucho más que un lazo de sangre distante. Y ninguna de estas figuras sustituye a los padres: los complementa. Con esa salvedad, la conclusión es tan sencilla como bonita: rodear a un niño de adultos que le quieren bien es, casi siempre, una buena noticia. Y en esa aldea que cría, la tía ocupa un lugar difícil de igualar.