Dos meses lejos de la contaminación
Han vuelto, como cada verano. Un grupo de menores procedentes de zonas afectadas por el accidente nuclear de Chernóbil ha llegado a Bizkaia para pasar las semanas de verano con familias de acogida. No traen apenas equipaje, pero sí la oportunidad de vivir un par de meses de aire limpio, alimentación variada y descanso, lejos de las áreas que la radiación marcó hace ya casi cuatro décadas.
Cada temporada, asociaciones de Euskadi y Navarra organizan estas estancias, que reparten a los pequeños entre hogares de distintas localidades. Detrás hay una red de voluntariado que lleva décadas funcionando y que, pese a los altibajos, sigue considerando el programa «fundamental».
Una herida que no se cierra
El origen se remonta a abril de 1986, cuando la explosión de la central de Chernóbil, en la entonces Ucrania soviética, contaminó amplias regiones de la actual Ucrania y Bielorrusia. Aunque han pasado los años, el legado radiactivo persiste en algunas zonas, donde la población infantil sigue expuesta a niveles de radiación superiores a los deseables.
La idea que sostiene estos programas, según explican sus impulsores, es sencilla: pasar unas semanas en un entorno sin contaminación —con buena alimentación, revisiones médicas y vida al aire libre— ayuda al organismo de los niños a recuperarse. No es turismo, aunque haya juegos y excursiones; es, sobre todo, una cuestión de salud.
El papel de las familias
El motor de todo son las familias de acogida. Y no hace falta un perfil concreto: parejas con o sin hijos, personas que viven solas, jubilados… cualquiera dispuesto a abrir su casa y compartir su tiempo puede participar, como recuerda la asociación Chernobil Elkartea. Durante la estancia, los menores se integran en la rutina del hogar y participan en actividades de ocio, cultura y naturaleza.
Quienes han acogido suelen coincidir en que el beneficio es mutuo: los niños ganan salud y afecto, y las familias descubren una experiencia que las transforma, según relatos recogidos por elDiario.es.
Una red que pide relevo
Con los años, y tras el paréntesis de la pandemia y la incertidumbre por la guerra en Ucrania, el número de acogidas ha ido menguando respecto a las cifras de antaño. Las asociaciones insisten en la necesidad de nuevas familias, porque la demanda continúa: al otro lado siguen esperando niños que podrían pasar un verano distinto. Mientras las consecuencias de aquella catástrofe —y ahora también de la guerra— sigan ahí, este viaje, dicen, seguirá siendo necesario.



