No es casualidad
Quien se siente un imán de mosquitos no se lo imagina. Se estima que una parte de la población atrae a estos insectos mucho más que el resto, y la ciencia ha ido desgranando por qué. La clave está en cómo nos detectan: los mosquitos combinan varias señales —químicas, térmicas y visuales— para localizar a su presa, y no todos emitimos esas señales con la misma intensidad.
El CO2 y el olor, los grandes delatores
El primer reclamo es el dióxido de carbono que exhalamos al respirar. Los mosquitos lo detectan a distancia y se orientan hacia su fuente, de modo que quien exhala más —por mayor tamaño, por ejercicio o durante el embarazo— resulta más visible para ellos, según explica la Universidad McGill.
De cerca, lo que manda es el olor corporal. Las bacterias que viven en nuestra piel descomponen el sudor y producen un cóctel de compuestos volátiles; ciertos perfiles bacterianos resultan más atractivos que otros, como han observado los estudios sobre olor y mosquitos recogidos por PLOS ONE. El ácido láctico del sudor y la temperatura corporal completan el rastro: el calor que desprendemos también los guía.
El mito del grupo sanguíneo
¿Y el grupo sanguíneo? Es la creencia más extendida. Algún estudio apuntó que el tipo O recibía más picaduras, pero la evidencia es limitada y no concluyente: la mayoría de los expertos considera que el olor y la química individual de cada piel pesan mucho más. Conviene, por tanto, tomarlo con pinzas. Sí influyen, en cambio, factores como vestir ropa oscura (retiene más calor y destaca visualmente) o haber tomado alcohol, que eleva ligeramente la temperatura.
Cómo defenderse
La buena noticia es que la prevención funciona. Los repelentes con DEET o icaridina son los más eficaces y seguros siguiendo las instrucciones del envase. A ello se suman las mosquiteras —sobre todo para dormir— y una medida de fondo: eliminar el agua estancada (platos de macetas, cubos, canalones), donde los mosquitos se reproducen. Un último apunte curioso: solo pican las hembras, que necesitan las proteínas de la sangre para poner sus huevos; los machos se alimentan de néctar. Así que, más que un ataque personal, la picadura es pura biología reproductiva.



