A veces, la mejor inversión no es cobrar, sino apostar. Lo aprendió Tom Hanks con Forrest Gump, como recuerda Xataka.
La jugada
En 1994, Hanks tenía sobre la mesa un sueldo de 7 millones de dólares por protagonizar la película. Renunció a ellos. En su lugar, él y el director Robert Zemeckis aplazaron sus salarios y negociaron algo poco habitual: un porcentaje de los ingresos brutos de la película desde el primer dólar recaudado. Una estructura que suele quedar reservada a productores y ejecutivos, no a actores.
La película que nadie veía clara
El movimiento era arriesgado porque Paramount desconfiaba. Forrest Gump no tenía los ingredientes del éxito seguro: ni superhéroes, ni saga previa, ni grandes explosiones. Era la historia de un hombre con discapacidad intelectual que descansaba, sobre todo, en sus intérpretes. Y costó 55 millones de dólares, un presupuesto nada menor para un drama tan intimista.
El taquillazo
Lo que pasó después es historia del cine. La película recaudó más de 677 millones de dólares en todo el mundo (más de 330 solo en Estados Unidos) y ganó seis Óscar, entre ellos mejor película y mejor actor para el propio Hanks. Con esos números, su renuncia al sueldo se transformó en una fortuna: se calcula que el acuerdo le reportó alrededor de 65 millones de dólares, casi diez veces lo que habría cobrado con un salario fijo.
La lección
La historia se cuenta hoy como una anécdota de olfato empresarial, y lo es. Pero conviene el matiz: Hanks pudo negociar así porque ya era una estrella con poder para hacerlo, algo al alcance de muy pocos. La mayoría de los actores no tienen esa palanca. Aun así, su apuesta dejó un mensaje que en Hollywood se sigue estudiando: cuando de verdad crees en una película, a veces vale más un trozo de ella que un cheque por adelantado.



