Contra la desertificación se prueban cortavientos, muros verdes, riegos... y, resulta, también tortugas. En 2021 se reintrodujeron unas 500 tortugas africanas de espolones (Centrochelys sulcata) en el borde sur del Sáhara, en Senegal, y cinco años después los resultados sorprenden, como cuenta elDiario.es.

Ingenieras del suelo

La clave está bajo tierra. Estas tortugas, de las mayores del mundo entre las terrestres, excavan madrigueras de 10 a 15 metros de largo. Al hacerlo, rompen la costra endurecida que cubre el suelo del Sahel, esa capa compactada por la que el agua resbala sin llegar a calar.

Con esas grietas y galerías, el agua de las pocas lluvias se filtra a capas más profundas en lugar de escurrirse. Se retiene humedad, se frena la erosión y, cerca de las entradas de las madrigueras, las semillas dormidas germinan. Donde pasa una de estas tortugas, el terreno vuelve a respirar.

Manchas verdes vistas desde el satélite

Los números respaldan la historia. La supervivencia de los ejemplares soltados superó el 80% tras cuatro años, algo notable en un clima tan duro. Y las imágenes de satélite muestran el cambio: "manchas verdes" donde antes dominaba la aridez. En las zonas con tortugas, la cubierta vegetal ha aumentado entre un 30% y un 40%.

Conviene ser precisos, como lo es la fuente: no hablamos de bosques, sino de parches de vegetación repartidos. Y algún mecanismo, como el papel exacto de las tortugas en dispersar semillas, está aún poco estudiado. Es un avance, no un milagro.

Ni solución única ni receta cerrada

El trabajo, respaldado por especialistas de la UICN y por el proyecto S.O.S. (Save Our Sulcata), no propone las tortugas como remedio total contra el desierto, sino como una pieza más de una estrategia de restauración. Pero abre una pregunta esperanzadora: si 500 tortugas dejan una huella visible desde el espacio, ¿qué podrían hacer más, y en más sitios?

De momento, la lección es bonita y contraintuitiva. Frente a un problema tan enorme como el avance del Sáhara, parte de la respuesta camina despacio, pesa lo suyo y lleva caparazón. La naturaleza, bien acompañada, sabe repararse a sí misma.