Durante más de doscientos años, una tumba dio por sentada una historia equivocada. La cuenta elDiario.es: el enterramiento de Upton Lovell, en Wiltshire, cerca de Stonehenge, se atribuyó a un hombre. El ADN dice otra cosa.
Lo que se creía
El yacimiento lo excavó a principios del siglo XIX el arqueólogo William Cunnington, que, por el tamaño de los huesos, describió al difunto como un "hombre corpulento". Con los objetos de la tumba a la vista, la interpretación cuajó: sería un chamán, un líder ritual que mediaba con lo sobrenatural. Durante generaciones, nadie lo cuestionó.
Lo que dice el ADN
Ahora, el laboratorio de genómica antigua del Instituto Francis Crick, dirigido por Pontus Skoglund, ha analizado muestras del cráneo, un diente y un hueso del pie. Las tres dieron el mismo resultado: cromosomas XX. Era una mujer. Medía en torno a 1,65 metros (alta para las mujeres de su tiempo) y murió pasados los 45 años.
Los propios huesos añaden un detalle revelador: tenía artritis severa en la muñeca derecha, y no en la izquierda. Un desgaste tan asimétrico encaja con años de movimientos repetitivos trabajando con herramientas.
Una orfebre, no un chamán
Y aquí las herramientas cambian de significado. En la tumba había un martillo de piedra (para aplanar láminas de oro), punzones, sílex, una piedra de toque para comprobar la pureza de los metales, cuatro esponjas fósiles ahuecadas (posibles recipientes para adhesivos) y una bolsa decorada con colmillos de jabalí. No es el ajuar de un hechicero, sino el de una experta en orfebrería, una artesana del oro de alto nivel, en plena Edad del Bronce y con ascendencia campaniforme.
Por qué importa
El caso va más allá de una anécdota. Cuando aquellos arqueólogos vieron herramientas valiosas y un enterramiento cuidado, dieron por hecho que solo un hombre podía tener ese estatus. El sesgo de género hizo el resto. Y no es un fallo aislado: puede haber cientos de tumbas mal interpretadas por la misma razón.
La genómica, que Cunnington no tenía, permite releer el pasado con más precisión. Y lo que aparece es una mujer que dominaba un oficio difícil y respetado hace cuatro mil años. Sus manos, gastadas por el trabajo del oro, ya lo contaban. El ADN solo ha confirmado lo que nadie había querido leer.



