Dormir es, sobre todo, enfriarse
Aunque no lo notemos, para dormir bien el cuerpo necesita bajar su temperatura. Al acostarnos, el organismo reduce ligeramente su temperatura interna, y esa caída es una de las señales que le dicen al cerebro que es hora de dormir. Es un mecanismo tan básico como decisivo: sin ese enfriamiento, el descanso profundo se resiente.
El problema del verano es evidente: si la habitación está a 28 o 30 grados, el cuerpo no consigue enfriarse por más que lo intente. Aunque nos durmamos, el organismo se queda en una especie de alerta térmica, gastando energía en intentar disipar calor. Por eso amanecemos cansados aunque el reloj diga que hemos dormido lo suficiente.
Un sueño roto en mil pedazos
La clave está en la calidad, no solo en la cantidad. Durante la noche encadenamos varios ciclos de sueño que incluyen fases ligeras, sueño profundo y sueño REM (el de los sueños, importante para la memoria y el ánimo). El calor fragmenta ese recorrido: provoca microdespertares que a menudo ni recordamos, pero que impiden completar bien las fases reparadoras.
Además, durante el sueño REM el cuerpo pierde parte de su capacidad de regular la temperatura. Si el ambiente está caldeado, esa fase se acorta o se interrumpe, y con ella buena parte del descanso de verdad. El resultado: ocho horas en la cama que rinden como si fueran la mitad.
Cuál es la temperatura ideal
Los especialistas en medicina del sueño sitúan la temperatura óptima del dormitorio en una franja fresca, en torno a los 18-20 grados, bastante por debajo de lo que solemos tener en verano. No siempre es fácil llegar ahí sin aire acondicionado, pero cuanto más nos acerquemos, mejor dormiremos.
Trucos que sí funcionan
Sin obsesionarse, unos cuantos hábitos ayudan a ganar calidad de sueño en las noches calurosas:
- Refrescar la habitación: bajar persianas de día para que no entre el sol y ventilar por la noche, cuando afuera baja la temperatura. Un ventilador ayuda a mover el aire.
- Una ducha templada antes de acostarse (no muy fría): favorece que el cuerpo pierda calor después.
- Ropa de cama y pijama ligeros, preferiblemente de algodón, y sábanas transpirables.
- Cenar ligero y evitar el alcohol y las comidas copiosas cerca de la hora de dormir, porque elevan la temperatura corporal y empeoran el descanso.
- Hidratarse bien a lo largo del día.
Si pese a todo el calor no da tregua y la habitación no baja de cierta temperatura, conviene ser realista: dormir peor esas noches es, en parte, inevitable. Pero conocer por qué ocurre —y aplicar estos pequeños gestos— marca una diferencia real entre levantarse arrastrando el cansancio o hacerlo algo más despejado.



