De un incendio grande queda el balance oficial, que se publica y se archiva, y queda otra cosa más difícil de contabilizar: qué hizo la gente que vivía al lado mientras ardía. El de Los Gallardos, en Almería, dejó las dos.
El balance
El fuego arrasó 6.600 hectáreas y causó doce muertos, según el balance recogido durante la emergencia. Un total de 1.448 personas tuvieron que desplazarse de sus casas.
De ellas, 164 quedaron realojadas en dispositivos oficiales. El resto, la gran mayoría, se repartió por casas de familiares y por hoteles de Mojácar, Vera y otras localidades cercanas.
Esa proporción explica bastante de lo que vino después: el sistema institucional cubrió una parte, y el resto se resolvió en la red corta, la de conocidos, vecinos y establecimientos de la zona.
Lo que se organizó en Garrucha
Garrucha fue uno de los puntos donde se concentró la acogida. Allí, además del dispositivo municipal, se habilitaron puntos de recogida de material, y hubo vecinos que se ofrecieron sin que nadie se lo pidiera para tareas que no aparecen en ningún protocolo: preparar comida, repartir agua en pleno julio, acompañar a personas mayores desorientadas.
Un detalle recurrente en los relatos de esos días es el idioma. Buena parte de los residentes de la zona son extranjeros, sobre todo británicos y de otros países europeos, y una parte del trabajo voluntario consistió simplemente en traducir: explicar dónde estaban, qué se sabía de sus casas, a quién preguntar.
El límite de esta clase de historias
Conviene decir también lo que esta historia no es. Doce personas murieron en ese incendio, y ninguna cantidad de solidaridad vecinal compensa eso ni lo convierte en un relato con final amable.
La ayuda de los vecinos tampoco sustituye al dispositivo público: lo complementa en las primeras horas, que son las peores, mientras los servicios de emergencia están ocupados en apagar el fuego y en salvar vidas. Presentarla como una alternativa sería tan falso como ignorarla.
Qué queda
Semanas después, lo que sigue abierto es lo lento: la investigación sobre el origen del fuego, las ayudas, la recuperación de 6.600 hectáreas que tardarán años en parecerse a lo que eran.
Y queda un hecho pequeño y verificable: que en los días en que 1.448 personas no sabían dónde iban a dormir, una parte considerable de la respuesta la puso gente que no tenía ninguna obligación de ponerla.



