Hoy cualquiera baja a bucear con una cámara en el bolsillo y sube con cincuenta fotos en color. Hace un siglo, conseguir una sola costó meses de preparación, una balsa cargada de explosivo y a punto estuvo de costar la vida de uno de los dos hombres que lo intentaron.
Quiénes y dónde
En julio de 1926, en las aguas de Dry Tortugas (Florida), el ictiólogo William Longley y el fotógrafo Charles Martin, responsable de los laboratorios fotográficos de National Geographic, lograron las primeras fotografías en color del fondo marino, según recogen National Geographic y el registro de Guinness World Records.
La profundidad no era heroica, unos cinco metros. El problema no era bajar: era la luz.
El problema del autocromo
Para hacer color en 1926 solo había una opción práctica: la placa autocroma de los hermanos Lumière, patentada en 1907, que registraba el color mediante una capa de granos de almidón de patata teñidos que funcionaban como diminutos filtros, tal y como explica el Science and Media Museum.
El autocromo daba imágenes de una belleza extraña, algo granulada y como pintada. Y tenía un defecto letal para este propósito: era lentísimo. Necesitaba exposiciones largas incluso a pleno sol. A cinco metros de profundidad, donde la luz llega escasa y teñida de azul, era sencillamente imposible.
Martin hipersensibilizó químicamente las placas para acelerarlas. Aun así, hacía falta luz. Mucha.
Una libra de magnesio sobre una balsa
La solución fue del siglo XIX aplicada bajo el agua: polvo de magnesio. Longley se colocaba en el fondo con la cámara dentro de una carcasa estanca; Martin esperaba arriba, en una balsa, con la carga preparada y un disparador eléctrico. Al cerrarse el circuito, el magnesio ardía en la superficie con un fogonazo capaz de iluminar la columna de agua entera.
Funcionaba. Y era peligrosísimo. En una de las sesiones, una carga detonó antes de tiempo y Longley sufrió quemaduras graves en la cara y el cuerpo que lo dejaron fuera de combate durante días. Fue una cantidad pequeña de las que manejaban; con la carga completa, el desenlace habría sido otro.
Por qué el color no era un capricho
Es fácil ver estas imágenes como una curiosidad estética. No lo eran. En el mar tropical, el color es información: distingue especies, señala el sexo o la madurez de un ejemplar, advierte de que algo es venenoso, permite el camuflaje. Una fotografía en blanco y negro de un arrecife pierde exactamente aquello que un biólogo necesita ver.
Longley publicó los resultados en el número de enero de 1927 de National Geographic, en un artículo dedicado a la vida en un arrecife de coral, acompañado por más de veinte ilustraciones en color. Para la mayoría de sus lectores fue la primera vez que veían cómo era de verdad el mundo que empieza justo debajo de la superficie del agua.
Lo que queda
Las placas originales se conservan en los archivos de la revista, un siglo después, frágiles pero enteras. Han envejecido con esa paleta apagada y suave que tienen todos los autocromos, y que hoy leemos casi como un filtro nostálgico cuando en realidad era el límite de la tecnología disponible.
Un siglo más tarde hacemos vídeo en 4K a mil metros de profundidad. Pero lo que hicieron Longley y Martin sigue siendo el gesto fundacional: alguien decidió que el fondo del mar tenía colores y que había que enseñárselos a los demás, aunque para conseguirlo hubiera que prender fuego a un puñado de magnesio sobre una balsa.



