La oleada de ventas que en los últimos días ha sacudido a las tecnológicas de Wall Street y ha contagiado a las Bolsas europeas —con el Ibex peleando por defender los 19.500 puntos— ha reavivado la pregunta que sobrevuela los mercados desde hace meses: ¿está la inteligencia artificial inflando una burbuja a punto de estallar? El diario Expansión lo resumía esta semana en una cifra rotunda, 27 billones de dólares —es decir, 27 millones de millones, lo que en inglés se denomina 27 trillion—, una magnitud que sirve para dimensionar el enorme valor bursátil acumulado por las grandes tecnológicas ligadas a la IA y, por tanto, lo que estaría en juego si la euforia se desinflara.
Una concentración sin precedentes
Conviene tomar esa cifra como un orden de magnitud y no como un dato cerrado. Lo que casi nadie discute, en cambio, es el grado de concentración del mercado. Las llamadas «Siete Magníficas» —Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Nvidia, Meta y Tesla— han llegado a representar en torno a un tercio del índice S&P 500, un peso que numerosos analistas equiparan al de la cúspide de la burbuja puntocom del año 2000. Para sus críticos, esa dependencia es en sí misma un riesgo: si ese puñado de valores corrige con fuerza, arrastra a todo el índice y a los millones de inversores indexados a él.
Los argumentos de quienes ven burbuja
El campo bajista se apoya sobre todo en el desfase entre lo que se gasta y lo que se ingresa. Los grandes operadores de nube han comprometido para los próximos años inversiones colosales en centros de datos —del orden de cientos de miles de millones de dólares al año entre Amazon, Microsoft, Alphabet y Meta—, mientras que los ingresos que la IA genera hoy son muy inferiores. El análisis de The Motley Fool ilustra el contraste: OpenAI habría comprometido planes de infraestructura por cientos de miles de millones frente a unos ingresos de apenas 13.000 millones de dólares en 2025, y solo una pequeña fracción de los usuarios de IA —en torno al 3%— paga por las versiones de pago.
A ese desajuste se suma el temor a la financiación circular: operaciones cruzadas entre fabricantes de chips, desarrolladores de modelos y proveedores de nube que se compran capacidad y participaciones entre sí, inflando mutuamente las cuentas. Sus detractores advierten de que ese entramado podría convertirse en «un castillo de naipes» si una pieza falla. El inversor Michael Burry, que se hizo célebre por anticipar la crisis de las hipotecas subprime, ha comparado públicamente el clima actual con los últimos meses de la burbuja tecnológica de 2000.
Los argumentos de quienes lo niegan
Enfrente, buena parte de los gestores subraya una diferencia de fondo respecto a aquel estallido: estas compañías tienen beneficios reales y balances sólidos. A diferencia de las puntocom, que cotizaban a múltiplos estratosféricos sin apenas ingresos, los gigantes actuales ganan dinero, generan caja y financian su gasto con recursos propios. Por eso varios bancos de inversión sostienen que la subida responde más al crecimiento de los beneficios que a la pura exuberancia, y rechazan la etiqueta de «burbuja especulativa». Aun así, ni siquiera los más optimistas descartan sustos: admiten correcciones puntuales y algunos anticipan que las Magníficas podrían rendir por debajo del resto del mercado si el gasto no termina de traducirse en ingresos.
Qué vigilar
El desenlace no está escrito, y conviene no confundir pronósticos con hechos. La clave, coinciden ambos bandos, será si la enorme inversión en infraestructura empieza a generar ingresos suficientes que la justifiquen. Mientras tanto, en un entorno de tipos altos —con la Reserva Federal de Kevin Warsh manteniendo el tono restrictivo— e inflación pegajosa, cualquier decepción en los resultados de las tecnológicas tiene capacidad para mover mercados a uno y otro lado del Atlántico. La pregunta de los 27 billones, de momento, sigue abierta.


