Hay imágenes que un país no elige, sino que se le quedan pegadas. El toro de Osborne es una de ellas. Plantado en lo alto de una loma, negro y rotundo, vigila las carreteras españolas como si llevara allí desde siempre. No es así: empezó siendo un anuncio de brandy y estuvo a punto de ser borrado del paisaje por una ley. Que siga en pie es una de las historias más curiosas del diseño español.

Un toro para vender coñac

La historia arranca en 1956, cuando la bodega jerezana Osborne quiso promocionar su brandy Veterano. El encargo recayó en la agencia de publicidad Azor y, dentro de ella, en el dibujante gaditano Manolo Prieto, que firmaría una de las siluetas más reconocibles del siglo XX español.

La primera valla se levantó hacia 1957 junto a una carretera al norte de Madrid. Era de madera, medía apenas unos metros y lucía un toro con los cuernos blancos y, sobre el lomo, en grandes letras rojas, la leyenda «Veterano Osborne», rematada con una copa de brandy. El sol y la lluvia castigaban la madera, así que en 1961 se pasó al metal y la figura fue creciendo hasta alcanzar su tamaño actual, de unos catorce metros de altura (cifra muy citada que conviene seguir confirmando).

Una manada por toda España

El reclamo funcionó tan bien que los toros se multiplicaron. En su mejor momento, durante los años setenta, la «manada» llegó a superar el medio millar de ejemplares, repartidos por toda la geografía. Para varias generaciones de viajeros, avistar el toro desde el coche se convirtió en una especie de ritual carretero, una señal de que el viaje avanzaba.

La ley que casi lo mata

La amenaza llegó con la legislación. La Ley de Carreteras de 1988 prohibió la publicidad visible desde las vías para evitar distracciones al volante. Osborne reaccionó borrando el nombre de la marca: el toro se quedó completamente negro, mudo, sin una sola letra. Pero la normativa, endurecida a mediados de los noventa, seguía considerando ilegal incluso la silueta desnuda, y se ordenó su retirada.

El indulto del Tribunal Supremo

La batalla legal terminó en lo más alto. El Tribunal Supremo dictó en diciembre de 1997 —fecha que algunas fuentes sitúan en 1998— una sentencia que indultó al animal: razonó que la figura había superado ya su «inicial sentido publicitario» para integrarse en el paisaje como un elemento estético y cultural. Dicho de otro modo, el toro había dejado de ser un anuncio para convertirse en parte del país.

Lo paradójico es que sobrevivió precisamente porque dejó de vender. Sin nombre, sin marca, sin copa de brandy, ganó la condición de símbolo.

Lo que queda hoy

De los más de quinientos toros de los años dorados quedan hoy alrededor de noventa repartidos por España, con especial concentración en torno a Cádiz y Sevilla, cuna de la bodega. La silueta ha viajado lejos de la carretera: aparece en camisetas, pegatinas, llaveros y banderas, a veces reivindicada como emblema patrio y otras reinterpretada con guiños regionales. No es un símbolo oficial —España no lo ha nombrado nada—, pero pocos discutirían que lo es de hecho. Un toro de chapa, sin una palabra que decir, que se ganó el horizonte a base de no irse nunca.