Un tambor que convoca a los demonios

El Tabal suena primero. Ese tambor, documentado en Berga desde hace siglos, resuena como un aviso: durante unos días de finales de mayo o principios de junio, la capital del Berguedà, en la Cataluña central, se entrega a La Patum, una fiesta medieval de fuego, música y figuras fantásticas. La UNESCO la inscribió en 2008 en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, tres años después de haberla proclamado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial.

Nacida en el Medievo, viva en el siglo XXI

La tradición hunde sus raíces en las celebraciones del Corpus Christi, cuando la Iglesia incorporó a su calendario fiestas populares de fuerte carga popular. En Berga, las referencias documentales se remontan al siglo XV, y con el tiempo la fiesta fue tomando vida propia hasta cuajar en el conjunto de figuras y bailes que hoy la definen. En 1983 la Generalitat la declaró fiesta patrimonial de interés nacional; dos décadas más tarde llegó el reconocimiento internacional.

El bestiario sale a la calle

Lo que distingue a La Patum es su elenco de figuras, un bestiario que mezcla lo sagrado con lo profano. Las Guites son bestias con cabeza de dragón que persiguen al público con fuegos encendidos en la boca. Los Plens, los diablos de la noche, saltan entre petardos al ritmo de una música endiablada cuando cae la oscuridad, convirtiendo la plaza en un infierno luminoso. Las Maces representan también demonios; l'Àliga, un águila solemne, simboliza el poder y la justicia con una de las melodías más célebres de la música tradicional catalana; y los Gigantes bailan, imponentes, sobre la multitud.

El Tirabol: cuando la ciudad se funde

El momento culminante no es el más violento, sino el más humano: el Tirabol, la danza final en la que gigantes, guitas y público se mezclan en un baile colectivo. La frontera entre espectadores y celebrantes se disuelve y toda Berga baila junta. La UNESCO subrayó precisamente ese carácter integrador como uno de los valores que justifican el reconocimiento: La Patum no es un espectáculo para contemplar, sino una experiencia para vivir desde dentro.

Por qué importa el sello de la UNESCO

La distinción no es solo honorífica: implica el compromiso de proteger una tradición frente a riesgos como el turismo masivo, que podría desvirtuar una fiesta cuya fuerza reside en su arraigo comunitario. Berga ronda los 16.000 habitantes, pero durante La Patum la ciudad se multiplica. Y el Tabal sigue sonando, como lleva siglos haciendo, para convocar a unos demonios que la memoria colectiva cuida como su mayor tesoro.