Quien pasea por los miradores de la ría de Villaviciosa puede toparse últimamente con una escena impensable hace pocos años en el norte: varios flamencos comunes, de plumaje rosado y pico curvo, filtrando el agua del estuario. Lo que antes era una rareza absoluta en el Cantábrico empieza a repetirse, y convierte al humedal asturiano en un punto fijo para observar a estas aves.

Números nunca vistos

El aviso de que algo estaba cambiando llegó con fuerza el pasado otoño. En septiembre de 2025, un fotógrafo naturalista documentó más de 40 flamencos en la ría, acompañados de otras aves poco habituales en la zona. Para los aficionados a la ornitología fue un acontecimiento: cifras, en palabras del propio autor de las imágenes, "nunca vistas hasta ahora" en la región.

No es casualidad que hayan elegido este rincón. El estuario de Villaviciosa, uno de los mejor conservados de la cornisa cantábrica, está protegido como Reserva Natural Parcial y forma parte de la Red Natura 2000. Sus aguas someras, sus limos y su riqueza de pequeños invertebrados y crustáceos ofrecen justo la despensa que el flamenco necesita para alimentarse.

Del sur al Cantábrico

El flamenco común (Phoenicopterus roseus) es, por tradición, un ave de las marismas del sur y el levante peninsular: Doñana, la laguna de Fuente de Piedra en Málaga, las marismas del Odiel o los arrozales de Valencia y el delta del Ebro. El Cantábrico era, como mucho, una escala de paso.

Eso ha empezado a cambiar. Como ha documentado Xataka, en los últimos años algunos ejemplares han dejado de volar hacia el sur y se han quedado a invernar en el norte. La explicación que manejan los expertos apunta al clima: unos inviernos más suaves, sin heladas prolongadas, permiten que el alimento siga disponible y hacen innecesario el largo viaje migratorio.

Una postal que dice más de lo que parece

La presencia estable de flamencos en Villaviciosa es una buena noticia para quien disfruta observando la fauna, pero también funciona como termómetro. Las aves no cambian de hábitos por capricho: lo hacen porque su entorno se transforma. La ría sigue siendo el refugio protegido que ha sido siempre; ahora, además, se suma a la lista de estuarios del norte donde el flamenco ha dejado de ser una anécdota.

Para el paseante, la recompensa es sencilla: la posibilidad de ver el rosa intenso de un flamenco recortado sobre el agua gris del Cantábrico, una imagen que hace apenas una década habría parecido fuera de lugar.