Una décima que lo cambia todo

En el sistema universitario español, acceder a Medicina no depende solo de esforzarse en el bachillerato ni de aprobar la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU, la antigua Selectividad): depende de dónde te sitúes en una lista interminable de aspirantes que compiten por un número fijo de plazas. El resultado es una nota de corte que en muchas universidades roza el límite de la escala. Para el curso 2025-2026, la más alta de Medicina correspondió a la Universidad de Sevilla, con un 13,335 sobre 14, seguida de Granada, Córdoba o Cádiz, todas por encima del 13. Incluso la nota más baja entre las públicas superó el 12, una cifra extraordinaria para cualquier estudiante.

El margen es tan estrecho que quien obtiene un 13,1 puede quedarse fuera de su universidad de referencia y verse obligado a estudiar en otra comunidad, pagar una privada o matricularse en otra carrera mientras intenta subir la nota al año siguiente.

La paradoja del déficit sanitario

Lo llamativo es que este embudo convive con una alarma sanitaria estructural. El Ministerio de Sanidad destinó 26,7 millones de euros a financiar 1.783 nuevas plazas de Medicina en universidades públicas para el curso 2025-2026, reconociendo un déficit de profesionales en el Sistema Nacional de Salud, sobre todo en Medicina de Familia. Es decir: el Estado sabe que necesita más médicos y, al mismo tiempo, miles de jóvenes con expedientes brillantes —un 12,9 habría sido sobresaliente en casi cualquier otra titulación— se quedan fuera.

El refugio de Enfermería

Muchos de quienes no superan el corte de Medicina eligen Enfermería como segunda opción. No es un camino menor —es una profesión esencial y vocacional por derecho propio—, pero para quien llegó a la PAU con el objetivo de ejercer como facultativo, la transición puede vivirse como una derrota. Enfermería es, además, otra de las titulaciones más demandadas, con preinscripciones que superan ampliamente las plazas: el cuello de botella sanitario va más allá de Medicina. Una práctica extendida es matricularse en Enfermería u otra carrera de salud mientras se vuelve a la PAU al año siguiente, en un limbo cuyo coste personal —económico y emocional— no aparece en las estadísticas.

La presión de una escala casi perfecta

Exigir más de un 13 sobre 14 para estudiar Medicina convierte a estudiantes con un rendimiento excepcional en «fracasados» a ojos del sistema. Un alumno que saca un 12,8 ha demostrado un dominio del temario que pocas disciplinas requieren, pero esa nota puede no bastar en ninguna facultad pública de su comunidad. La nueva estructura de la PAU introdujo ligeros descensos en las notas de corte para 2025-2026, pero el alivio es marginal: la competencia sigue siendo feroz y las plazas, insuficientes frente a la demanda. Mientras el debate político se centra en cuántas plazas financiar, los estudiantes que se quedaron a una décima ya eligieron otra carrera. Algunos encontrarán en ella una nueva vocación; otros cargarán con la pregunta de qué habría pasado si el examen hubiera salido un poco mejor.