Hay una vieja broma que los madrileños repiten cada julio: que Madrid es «el mejor puerto de mar del interior». Sin una sola ola en cientos de kilómetros a la redonda, la capital lleva más de un siglo reinventando la experiencia de playa con lo que tiene a mano: un río modesto, unos cuantos embalses, mucha imaginación y, últimamente, depuradoras. Cuando llega la ola de calor y el termómetro raspa los 40 grados, ese arte de simular el mar deja de ser una excentricidad para convertirse en una necesidad.

La playa que sale de un grifo

El ejemplo más literal está en el corazón de Arganzuela, dentro del parque de Madrid Río. Allí, a orillas del Manzanares, el Ayuntamiento abrió la única zona urbana de la ciudad donde está permitido bañarse: tres recintos acuáticos de planta ovalada que ocupan en conjunto cerca de 11.930 metros cuadrados, rodeados de una zona de descanso, casi 300 árboles y fuentes que alternan láminas de agua, chorros en altura y nubes pulverizadas.

No es mar ni es río: el agua está tratada, clorada y recirculada mediante una depuradora, más cerca de una piscina sofisticada que de una cala. Pero el efecto psicológico es el mismo: tumbarse, mojarse los pies y fingir, durante unas horas, que la costa empieza al final del paseo.

La idea no es nueva. Ya en los años veinte y treinta del siglo pasado existió una célebre «Playa de Madrid» en el Manzanares, un complejo de baño a las afueras que durante décadas dio a la ciudad su ración de arena y sombrilla. Madrid Río es, en cierto modo, la versión depurada de aquella nostalgia.

Mar de interior: embalses y pozas de la sierra

Quien busca agua de verdad tiene que subir a la sierra o bajar a los embalses. La Comunidad de Madrid mantiene un puñado de zonas de baño naturales autorizadas, con control sanitario periódico del agua durante la temporada, que va del 15 de mayo al 15 de septiembre.

Las más conocidas son cuatro: el embalse de San Juan, en San Martín de Valdeiglesias, con dos áreas de disfrute —El Muro y Virgen de la Nueva— y una calidad clasificada como «excelente»; la Playa del Alberche, en Aldea del Fresno; Las Presillas, las populares pozas del río Lozoya en Rascafría, dentro del entorno del valle del Paular; y Los Villares, en Estremera.

San Juan, con sus pantalanes y su agua mansa, es lo más parecido a una playa de costa que tiene la región: a veces se le llama, con cariño y exageración, «la playa de Madrid». Las Presillas, en cambio, son agua fría de montaña, piedra y sombra de pinos, un baño que corta la respiración incluso en agosto.

Toboganes, hamacas y la piscina de barrio

Entre la simulación urbana y la naturaleza está la industria del ocio acuático. A las afueras de la capital, parques como Aquopolis de Villanueva de la Cañada o Warner Beach ofrecen toboganes, piscinas de olas y hasta playas artificiales con hamacas, abriendo cada año a comienzos de junio.

Y luego está el clásico inapelable: la piscina municipal de barrio, ese rectángulo de cloro y gritos donde se cuece buena parte del verano madrileño cuando los ventiladores ya no bastan. Sin la épica de una ola, sin la postal de la arena, pero abierta, barata y a la vuelta de la esquina.

Porque al final el truco de la ciudad sin costa es ese: si no hay mar, se inventa. Un chorro, un embalse, un tobogán o una piscina pública bastan para que, durante los meses más duros del año, Madrid se permita el lujo de creerse, también, una ciudad de playa.