La herida que dejó Gijón
El fútbol aprendió por las malas. El 25 de junio de 1982, en El Molinón, Alemania Federal venció a Austria por 1-0 en un partido que ha pasado a la historia como el Desastre de Gijón. Argelia había jugado su último encuentro un día antes, así que los dos equipos europeos salieron al campo sabiendo que un triunfo germano por uno o dos goles los clasificaba a ambos y eliminaba a los africanos. Tras el gol tempranero, los jugadores se dedicaron a pasarse el balón durante 80 minutos. Argelia protestó, pero la FIFA dictaminó que nadie había roto ninguna regla.
La lección quedó grabada: desde el Mundial de 1986, los dos últimos partidos de cada grupo se juegan a la misma hora. La idea es sencilla y eficaz: si nadie conoce el resultado del otro campo, nadie puede pactar el suyo.
Qué cambia en 2026
La cita de Estados Unidos, México y Canadá estrena un formato de 48 selecciones repartidas en 12 grupos de cuatro. Avanzan los dos primeros de cada grupo (24 equipos) y, además, los ocho mejores terceros de los doce posibles. Esos ocho cupos extra son la novedad que reabre el debate.
La buena noticia es que la FIFA ha conservado la norma de Gijón: dentro de cada grupo, los dos partidos finales siguen siendo simultáneos. De hecho, el organismo descartó la propuesta original de 16 grupos de tres precisamente porque ese diseño facilitaba los resultados de conveniencia, según recoge el análisis de medios especializados.
El problema que la simultaneidad no resuelve
El matiz, y es importante, es que la simultaneidad solo opera puertas adentro de cada grupo. La carrera por los mejores terceros, en cambio, es transversal: enfrenta a equipos de los doce grupos entre sí, y esos grupos no terminan el mismo día. El calendario reparte las últimas jornadas a lo largo de cuatro fechas, del 24 al 27 de junio.
Ahí nace la asimetría informativa. Una selección que cierra su grupo el día 27 sabrá con exactitud cuántos puntos y qué diferencia de goles necesita su tercer puesto para colarse entre los ocho mejores, porque ya conocerá los registros de los grupos que terminaron antes. Otra que jugó el día 24 lo hizo completamente a ciegas. Como resumió Yahoo Sports, los resultados de los partidos tardíos pueden afectar directamente a equipos que ya cerraron su participación días antes.
Eso abre dos escenarios incómodos. El primero, el agravio comparativo: un equipo puede sumar cuatro puntos y quedar fuera mientras otro avanza con tres, algo estructuralmente discutible. El segundo, más sutil: una selección que juega tarde y solo aspira al tercer puesto podría administrar el marcador para alcanzar justo la diferencia de goles que la salva, conociendo de antemano el listón. No es un pacto a lo Gijón —los rivales del mismo grupo siguen jugando en paralelo—, pero sí una ventaja de información que las selecciones madrugadoras no tienen.
¿Es injusto, entonces?
La respuesta honesta es matizada. La FIFA ha cerrado la puerta grande, la del amaño directo entre dos rivales: dentro del grupo, la regla de 1986 sigue blindada. Lo que el nuevo formato introduce es una desigualdad de calendario que ningún reglamento elimina del todo, porque es imposible que los doce grupos terminen exactamente a la vez.
La literatura académica lleva años advirtiéndolo. Trabajos como el estudio sobre grupos desequilibrados en el Mundial de 48 analizan precisamente cómo la repesca de terceros altera los incentivos del último partido. No es amaño; es diseño. Y mientras la clasificación dependa de comparar a equipos que no compiten ni al mismo tiempo ni contra los mismos rivales, el último partido de algunos seguirá pesando más —y siendo más previsible— que el de otros.


