En la Cataluña interior, lejos del ruido político de Barcelona, sobrevive un oficio que parece de otra época: el del armero. Tiendas con escopetas de caza, rifles, prismáticos y cartuchos resisten en comarcas rurales, en un país donde poseer un arma carga con un estigma creciente. La estampa, que un reportaje reciente describió como «un milagro» empresarial, retrata un sector pequeño pero tenaz, atravesado por la tensión entre tradición y regulación.

Un sector más grande de lo que parece

Las armas en España están sometidas a uno de los controles más estrictos de Europa. Según datos de la Guardia Civil difundidos por la prensa, en el país existen del orden de 1,4 millones de licencias que amparan cerca de 2,7 millones de armas, de las que la inmensa mayoría son escopetas y armas largas de ánima lisa, las típicas de caza.

Cataluña, pese a su imagen urbana, figura entre las comunidades con más armas registradas —en torno a 240.000 amparadas por licencia—, solo por detrás de Andalucía y Madrid. Y la actividad no es marginal: según el estudio elaborado por Deloitte para la Fundación Artemisan, la caza aporta unos 10.190 millones de euros al PIB español y sostiene cerca de 199.000 empleos, la mayoría en el medio rural.

Cazadores que envejecen, deporte que crece

Y sin embargo, el mundo de la caza encara una crisis de fondo. El número de licencias ha caído a mínimos de las últimas dos décadas y el perfil del cazador envejece sin un relevo claro: distintos análisis señalan que una proporción muy alta supera los 60 años y que el reclutamiento se ha desplomado en medio siglo, como recoge Xataka.

Ese declive explica por qué la supervivencia de una armería rentable se presenta casi como una anomalía. La clave, según el propio sector, está en la diversificación: a la caza tradicional se suman el tiro deportivo —disciplina olímpica y federada, con clubes activos en Cataluña— y un creciente coleccionismo de armas históricas, además de la óptica, los prismáticos y el material de campo. No todo el negocio depende del gatillo.

Tradición bajo sospecha

El componente social no es menor. Buena parte de la Cataluña rural donde estas tiendas operan combina una fuerte tradición cinegética —vista en el campo como herramienta de gestión frente a la superpoblación de jabalíes— con un activismo animalista cada vez más audible y una percepción urbana que asocia las armas a la violencia. En ese cruce de fuerzas, entre el guarda rural y el activista, entre la licencia y la sospecha, se sostiene el pequeño milagro de las armerías catalanas: negocios que perduran no pese a su rareza, sino, en parte, precisamente por ella.