Llega el calor y, con él, el ritual de abrir la nevera y servirse un vaso bien frío de gazpacho. Pocas elaboraciones definen tan bien el verano español como esta sopa fría de tomate, ajo y aceite. Pero su historia es mucho más larga y curiosa de lo que sugiere su receta actual: durante siglos, el gazpacho ni siquiera llevó tomate.

De Roma a Al-Ándalus: un plato antes del tomate

Los antecedentes del gazpacho se remontan a la Antigüedad. Los soldados romanos tomaban posca, una mezcla de agua y vinagre a la que a veces añadían pan y aceite. De ahí derivó, durante la Edad Media y la época andalusí, un majado de pan duro humedecido con agua, ajo, aceite, vinagre y sal, machacado en mortero. Era comida de gente humilde: una forma de aprovechar el pan seco y combatir el calor en el campo, como recuerda Directo al Paladar.

La etimología refleja ese origen modesto. La teoría más citada lo vincula al latín tardío caccabaceus —relacionado con caccabus, «caldero»—, con un sufijo de raíz mozárabe, aunque conviven otras hipótesis que lo enlazan con el hispanoárabe. No hay, por tanto, una única explicación cerrada sobre el origen de la palabra.

La revolución del tomate

El ingrediente que hoy define el gazpacho llegó tarde. El tomate arribó a España desde América en el siglo XVI, pero tardó cerca de dos siglos en ganarse la confianza de las cocinas europeas, donde al principio se cultivaba como planta ornamental. No fue hasta el siglo XIX cuando el tomate se incorporó de lleno al gazpacho andaluz y desplazó al viejo majado de pan, dando paso a la versión roja y refrescante que conocemos, según recogen Infobae y otras fuentes gastronómicas.

De alimento de jornaleros pasó a símbolo nacional. La llegada de la batidora eléctrica y, ya en las últimas décadas, de las versiones envasadas y refrigeradas en el supermercado lo convirtieron en un fijo de la dieta veraniega española y en embajador de la cocina mediterránea por medio mundo.

Salmorejo, ajoblanco y compañía

El gazpacho no viaja solo. Comparte familia con otras sopas frías andaluzas que conviene no confundir. El salmorejo, cordobés por bandera, lleva solo tomate, pan, ajo y aceite: sin agua ni hortalizas añadidas, resulta mucho más espeso y cremoso, casi una crema, y se corona con huevo duro y jamón, como detalla Gallina Blanca.

El ajoblanco, anterior incluso al tomate, prescinde de él por completo: se hace con almendras, ajo, pan, aceite y vinagre, y suele servirse con uvas o melón. Más líquido que el salmorejo, evidencia el legado árabe y romano en la cocina del sur. A la lista se suman la porra antequerana y la mazamorra, primas de distinta densidad según la cantidad de pan.

Claves para un buen gazpacho

Los cocineros coinciden en lo esencial: un tomate bien maduro, carnoso y sabroso, manda más que cualquier variedad concreta. El segundo secreto es la emulsión: añadir el aceite de oliva virgen extra en hilo fino mientras se tritura a máxima potencia, para lograr una textura aterciopelada sin abusar del pan. Conviene triturar a temperatura ambiente, dejar reposar unas horas en la nevera para que los sabores se asienten, y servirlo muy frío, con la guarnición —pepino, pimiento y cebolla en daditos, o picatostes— aparte, para que cada comensal lo remate a su gusto. Sencillo, fresco y con siglos de historia en cada vaso.