En junio de 1885, la fragata francesa Isère atracó en el puerto de Nueva York con un cargamento que no se parecía a ningún otro: 214 cajas de madera que guardaban unas 350 piezas de cobre. Dentro viajaba, desarmada, una de las esculturas más reconocibles del planeta: la Estatua de la Libertad.
Una idea nacida en una cena
El proyecto se remonta a 1865, cuando el jurista francés Édouard de Laboulaye planteó la idea de regalar a Estados Unidos un monumento que simbolizara la amistad entre ambas naciones y los valores compartidos de libertad. La ocasión era propicia: se acercaba el centenario de la independencia estadounidense de 1776. El encargo artístico recayó en el escultor alsaciano Frédéric Auguste Bartholdi, que viajó a Nueva York en 1871 y eligió la isla de Bedloe —hoy isla de la Libertad— como emplazamiento, visible desde el mar y, por tanto, lo primero que verían los inmigrantes al llegar.
El ingenio de Eiffel bajo el cobre
Levantar una figura de unos 46 metros en cobre no era solo un reto artístico, sino de ingeniería. Para resolverlo, Bartholdi recurrió a Gustave Eiffel, que aún no había construido su torre pero ya destacaba por sus audaces estructuras metálicas. Eiffel diseñó un armazón interior de hierro al que las finas láminas de cobre —de apenas un par de milímetros de grosor— se anclaban de forma flexible, de modo que la estatua pudiera moverse ligeramente con el viento sin agrietarse. Era, en esencia, el mismo principio que aplicaría después a su célebre torre. Las planchas se moldearon a mano mediante repujado en los talleres parisinos donde la figura llegó a montarse entera antes de desarmarse para el viaje.
214 cajas cruzan el océano
La construcción en Francia concluyó en 1884. Comenzó entonces la titánica tarea de desmontar la estatua en piezas numeradas y embalarlas en las 214 cajas, que viajaron en tren y barco fluvial hasta el puerto de El Havre y, desde allí, a bordo de la Isère, cruzaron el Atlántico. El barco entró en Nueva York el 17 de junio de 1885, recibido por una multitud y una escolta de embarcaciones.
El pedestal que estuvo a punto de frustrarlo todo
El proyecto estuvo cerca de naufragar por dinero: el pedestal corría a cargo de los estadounidenses y la recaudación iba muy retrasada. Lo salvó el editor Joseph Pulitzer, que desde su periódico lanzó una campaña de micromecenazgo —publicando el nombre de cada donante— y reunió los fondos necesarios gracias a miles de pequeñas aportaciones. Con el pedestal listo, el ensamblaje de las piezas en la isla llevó unos cuatro meses.
La inauguración
El 28 de octubre de 1886, el presidente Grover Cleveland presidió la ceremonia de inauguración ante una marea de público y una bahía repleta de barcos. La Libertad iluminando el mundo —su nombre oficial— se alzaba por fin completa sobre el agua. Lo que había nacido como una idea en una sobremesa parisina dos décadas antes había sobrevivido a los desafíos técnicos, financieros y logísticos de cruzar un océano en 214 cajas para convertirse en el símbolo más universal de Estados Unidos.



