Llega el calor, la terraza y la pregunta de siempre: ¿tinto de verano o sangría? Para el visitante suelen ser casi sinónimos. Para quien vive aquí, no. Aunque ambas parten del vino tinto bien frío, son bebidas distintas en historia, receta y, sobre todo, en quién las pide.
Qué es cada cosa
El tinto de verano es sencillez pura: vino tinto joven, gaseosa o refresco de limón, mucho hielo y, como mucho, una rodaja de limón. La proporción más habitual es mitad y mitad. Se prepara en segundos, conserva el sabor del vino y resulta poco dulce y de baja graduación, ideal para repetir sin acabar la tarde dando tumbos, como resume Cocinatis.
La sangría es otra liga. Lleva vino tinto, fruta troceada —naranja, manzana, melocotón—, azúcar y, casi siempre, un chorro de licor (brandy, ron o triple seco), a veces con especias como la canela. Todo se deja macerar en una jarra para que los sabores se integren. El resultado es más dulce, más afrutado y, por el licor añadido, suele tener más alcohol que el tinto de verano, según detalla Notas de Cata.
De dónde vienen
Las dos historias tienen siglos de diferencia. La sangría es antiquísima: la costumbre de rebajar el vino con fruta y especias se asocia ya a la Antigüedad, cuando se mezclaba para hacerlo más bebible y seguro. Con el tiempo se convirtió en emblema turístico de España.
El tinto de verano es mucho más joven. La versión más extendida lo sitúa en la Venta de Vargas, en la sierra de Córdoba, donde un tabernero llamado Federico Vargas habría empezado a servir vino rebajado con gaseosa para que los clientes se refrescaran sin emborracharse. De ahí que al principio se conociera simplemente como «un Vargas». El nombre del local y de su dueño se repiten en numerosas fuentes gastronómicas, pero la fecha exacta baila entre los años veinte y mediados del siglo XX según la fuente, así que conviene tomarlo como la versión más citada y no como una cronología confirmada.
Por qué el tinto de verano es el 'de verdad'
La diferencia real está en el vaso de quien lo bebe. El tinto de verano es la bebida del día a día: rápida, barata, ligera y nada empalagosa, perfecta para acompañar una comida o aguantar la sobremesa de agosto. La sangría, más laboriosa y dulce, se reserva para celebraciones, grandes jarras compartidas y, sobre todo, para el público extranjero, que la asocia a la imagen tópica de España. No es casualidad que sea, con diferencia, la más exportada.
La sangría, protegida por Bruselas
Hay un detalle que confirma su peso identitario. Desde el Reglamento (UE) n.º 251/2014, solo los productos elaborados en España o Portugal pueden venderse con la denominación «Sangría». El resto de países pueden fabricar la bebida, pero deben etiquetarla como «bebida aromatizada a base de vino», indicando su procedencia, según recuerda UAIPIT.
Moraleja: pida lo que pida, que esté bien fría. Pero si quiere beber como un español en una tarde cualquiera, lo suyo es un tinto de verano.



