La imagen que quedará es la de una grúa levantando a mediodía una puerta metálica oxidada, con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, entre los presentes. Cuatro días después, lo que interesa en el Campo de Gibraltar es más prosaico: cuánto se tarda en llegar al trabajo.

Los números de quienes cruzan

Cada jornada laboral cruzan 15.622 trabajadores transfronterizos hacia Gibraltar. De ellos, 10.915 son españoles, según los datos que recoge El Economista.

Para ese grupo, el cambio es concreto y diario: ya no hay que detenerse de forma ordinaria a mostrar documentación para entrar o salir. Un trabajador veterano lo resumió en esos primeros días diciendo que era la primera vez que iba a llegar puntual.

Conviene matizar el entusiasmo: las retenciones no desaparecen por decreto. Lo que ha cambiado es que ahora se disuelven rápido, en lugar de convertirse en la espera estructural de cada mañana.

Los controles no se han eliminado, se han movido

Este es el punto que más se malinterpreta. El acuerdo no suprime los controles: los traslada. El filtro de entrada al espacio Schengen deja de estar en la línea terrestre y pasa a los accesos marítimo y aéreo de Gibraltar, es decir, el puerto y el aeropuerto.

Ahí es donde se comprueba quién entra y quién sale, con un esquema en el que intervienen tanto las autoridades gibraltareñas como las españolas.

La frontera convertida en calle

El efecto urbano es el que da título a varias crónicas de esos días: una frontera que se convierte en calle. Durante más de un siglo, la Verja marcó la vida económica y social de una comarca entera, y su desaparición física reordena de golpe la relación cotidiana entre La Línea de la Concepción y el Peñón.

Main Street, la arteria comercial gibraltareña, es el destino natural de buena parte de ese tránsito, y su comercio depende en gran medida del visitante que llega desde el lado español.

Lo que todavía no está cerrado

El tratado entró en vigor de forma provisional. Falta la ratificación formal por las instituciones correspondientes, de modo que el marco actual, siendo plenamente operativo, no es aún el definitivo.

Tampoco el acuerdo resuelve el contencioso de fondo sobre la soberanía, que sigue donde estaba, ni los problemas propios del Campo de Gibraltar, con sus tasas de desempleo, que no dependen de dónde se pongan las cabinas de control.

Lo que sí ha cambiado, y de forma medible, es el tiempo que 15.000 personas pierden cada día en un trayecto de apenas unos cientos de metros.