El final de una estrella
Una estrella es, durante casi toda su vida, un pulso en equilibrio. En su interior, la gravedad empuja hacia dentro tratando de aplastarla, mientras la energía que libera la fusión nuclear de su núcleo empuja hacia fuera. Mientras hay combustible, las dos fuerzas se compensan. El problema llega cuando el combustible se acaba: entonces la gravedad gana la partida, y el desenlace puede ser una supernova, una explosión tan brillante que, durante unos días, puede eclipsar a la galaxia entera que la alberga, como resume Xataka.
Dos formas de estallar
No todas las supernovas son iguales. Los astrónomos distinguen dos grandes mecanismos.
El primero es el colapso del núcleo. Le ocurre a las estrellas muy masivas, de al menos unas ocho veces la masa del Sol. A lo largo de su vida van fusionando elementos cada vez más pesados (hidrógeno, helio, carbono, oxígeno…) hasta llegar al hierro. Fusionar hierro ya no aporta energía, así que el sostén desaparece de golpe: el núcleo se desploma en una fracción de segundo y las capas exteriores rebotan hacia fuera en una onda de choque descomunal.
El segundo camino es una explosión termonuclear. Se da en las enanas blancas, los densos rescoldos que dejan estrellas como el Sol al morir. Si una enana blanca forma pareja con otra estrella, puede ir robándole material poco a poco. Al superar cierto límite de masa, su interior se enciende y la estrella entera detona en una reacción incontrolada. Son las llamadas supernovas de tipo Ia.
Qué queda tras la explosión
El rastro depende del tipo. Tras el colapso de una estrella masiva puede quedar un objeto ultradenso: una estrella de neutrones (tan compacta que una cucharada de su materia pesaría millones de toneladas) o, en los casos más extremos, un agujero negro. En cambio, las supernovas termonucleares suelen destruir por completo la enana blanca, sin dejar remanente.
Reglas para medir el universo
Las supernovas no son solo un espectáculo. Las de tipo Ia estallan con un brillo muy parecido entre unas y otras, lo que permite usarlas como "candelas estándar": si sabemos cuánto debería brillar realmente una y medimos lo tenue que la vemos, podemos calcular a qué distancia está. Esta herramienta fue clave para uno de los grandes hallazgos de la cosmología reciente: que el universo no solo se expande, sino que lo hace cada vez más deprisa.
Dos supernovas históricas
En el año 1054, astrónomos de China y del mundo árabe anotaron la aparición de una "estrella nueva" tan brillante que se veía a plena luz del día. De aquella explosión queda hoy la Nebulosa del Cangrejo. Mucho más cerca en el tiempo, en 1987, la supernova SN 1987A estalló en una galaxia vecina y se convirtió en la más brillante observada desde la invención del telescopio; fue, además, la primera en la que se detectaron los neutrinos emitidos por el núcleo al colapsar.
Somos polvo de estrellas
Aquí está lo más sorprendente. Al estallar, una supernova siembra el espacio de elementos pesados fabricados en la estrella: hierro, oxígeno, calcio, silicio. Ese material se mezcla con nubes de gas de las que, con el tiempo, nacen nuevas estrellas y planetas. Sin supernovas, el cosmos seguiría siendo casi solo hidrógeno y helio, y no existirían mundos rocosos como la Tierra.
Dicho de otro modo: el hierro de nuestra sangre y el calcio de nuestros huesos se forjaron en el corazón de estrellas que estallaron hace miles de millones de años. En sentido literal, estamos hechos de polvo de estrellas.



