Adiós a un ídolo de otra época
El boxeo español está de luto. José Legrá, uno de los púgiles más queridos y admirados que ha dado el deporte nacional, falleció el 15 de julio en Madrid tras una larga enfermedad. Con él se apaga una de las figuras que llevó el boxeo español a lo más alto en las décadas de los sesenta y setenta, cuando llenaba pabellones y pegaba oídos a las radios de medio país.
Conocido como el Puma de Baracoa, Legrá fue mucho más que un campeón: fue un personaje popular, de sonrisa fácil y estilo vistoso, que conectó con un público que veía en su historia el relato de quien lo consigue todo partiendo de la nada.
De limpiabotas en Cuba a los cuadriláteros de Europa
Nacido en Baracoa, en el oriente de Cuba, Legrá creció en un entorno de gran pobreza y trabajó de niño en la calle, como limpiabotas y en otros oficios humildes, antes de encontrar en el boxeo una vía de escape, según ha recordado Infobae. Su talento lo llevó pronto a Europa, y acabó estableciéndose y nacionalizándose español, país donde desarrolló el grueso de su carrera y donde se convirtió en un auténtico ídolo de masas en plena etapa franquista.
Su estilo, veloz y espectacular, le valió comparaciones con los mejores de su tiempo. Sobre el cuadrilátero se movía con una ligereza que desarmaba a los rivales y entusiasmaba a las gradas.
Dos veces campeón del mundo
El gran día llegó en 1968, cuando conquistó el campeonato del mundo del peso pluma al vencer al galés Howard Winstone, como recogen las crónicas sobre su trayectoria. Aquel título lo consagró como estrella internacional y como uno de los grandes nombres del boxeo europeo del momento.
Legrá perdió y recuperó la gloria con la resiliencia de los grandes: fue dos veces campeón mundial de la categoría y sumó además siete títulos europeos, una cifra que da la medida de su regularidad en la élite durante años. Su nombre quedó grabado como el del hombre que demostró que un español —aunque llegado de muy lejos— podía reinar en el boxeo mundial.
Una despedida con respeto
Las distintas informaciones publicadas tras su muerte difieren sobre su edad exacta, un reflejo de las lagunas habituales en las biografías de deportistas de aquella generación. Más allá del dato, lo que queda es un legado: el de un boxeador que inspiró a quienes vinieron después y que ayudó a que el boxeo español mirara de tú a tú a las grandes potencias del ring.
El luto se ha extendido también al boxeo cubano, que reivindica a Legrá como uno de los suyos, en un adiós compartido por las dos orillas que marcaron su vida. Se va el Puma de Baracoa, pero su historia —la del niño limpiabotas que acabó siendo campeón del mundo— seguirá contándose cada vez que se hable de las leyendas del deporte español.



