Durante decenas de miles de años, neandertales y Homo sapiens compartieron territorio en Eurasia. Que se cruzaron lo sabemos desde hace más de una década: cualquier persona con ascendencia fuera de África lleva entre un 1% y un 2% de ADN neandertal en su genoma. Lo que no sabíamos hasta ahora es que ese encuentro fue mucho menos equilibrado de lo que imaginábamos. Y la diferencia está, literalmente, en el sexo de quienes se emparejaron.
Un cruce con dirección
Un estudio firmado por Alexander Platt, Daniel Harris y Sarah Tishkoff, publicado en Science en 2026, sostiene que el mestizaje fue fuertemente sesgado por sexo. Al comparar genomas antiguos y modernos, el equipo detectó un exceso de aproximadamente un 62% de ascendencia humana moderna en el cromosoma X de los neandertales. Como el cromosoma X se hereda de forma distinta según el sexo de cada progenitor, esa huella apunta a un patrón claro: las uniones fértiles que dejaron descendencia fueron sobre todo entre machos neandertales y hembras Homo sapiens.
El detalle no es anecdótico. Explica por qué el ADN neandertal está repartido de manera tan desigual en nuestro genoma, con grandes regiones —los llamados «desiertos neandertales»— donde su aportación es casi nula, especialmente en el propio cromosoma X. Según los autores, la causa más sencilla para explicar ese sesgo no son los movimientos migratorios diferenciados de hombres y mujeres, sino las preferencias de emparejamiento: quién se cruzaba con quién no fue aleatorio.
Cuándo y durante cuánto tiempo
Este hallazgo encaja con otra pieza reciente del rompecabezas. En 2024, un equipo dirigido por Leonardo Iasi y Priya Moorjani, con participación del Instituto Max Planck y la Universidad de California en Berkeley, acotó en Science la ventana temporal del cruce. Analizando genomas antiguos y actuales, situaron el flujo genético principal en torno a hace 47.000 años, comenzando hacia hace 50.500 años y extendiéndose durante unos 7.000 años.
Dicho de otro modo: no fue un episodio puntual ni un par de encuentros aislados, sino un proceso prolongado que duró milenios. Esa fecha también ayuda a fijar el momento en que los humanos modernos completaron su salida de África hacia Eurasia.
Por qué importa esta historia
La imagen popular del neandertal y el sapiens cruzándose «sin más» se vuelve, con estos datos, mucho más matizada. No fue que las dos especies fueran incompatibles —tuvieron descendencia fértil que llega hasta nosotros—, sino que el quién, el cómo y el en qué dirección marcaron qué genes sobrevivieron.
Resulta especialmente llamativo un punto recogido en la cobertura del trabajo: mientras los sapiens antiguos portaban ADN neandertal, los neandertales analizados apenas muestran rastro reciente de ADN sapiens en la dirección contraria, lo que refuerza esa asimetría en el flujo genético.
Entender esto no es solo curiosidad evolutiva. El ADN neandertal que conservamos influye en rasgos reales —desde aspectos del sistema inmunitario hasta la respuesta a ciertas enfermedades—, y saber cómo entró en nuestro genoma ayuda a interpretar por qué algunas regiones lo conservan y otras lo expulsaron. La historia del encuentro entre las dos especies humanas, en definitiva, es más complicada y más humana de lo que el relato clásico sugería: tuvo preferencias, sesgos y consecuencias que todavía llevamos escritas en cada célula.



