En el palco de autoridades del MetLife Stadium había este domingo un asiento que nadie iba a ocupar. Mientras Felipe VI, Pedro Sánchez y Donald Trump, en su papel de anfitrión, coincidían en la tribuna de la final del Mundial, el presidente de una de las dos selecciones finalistas seguía el partido a más de ocho mil kilómetros: Javier Milei lo vio desde la quinta de Olivos, en Buenos Aires.

No es desdén: es una cábala de treinta y seis años

La ausencia tiene una explicación que en Argentina no necesita traducción. Ningún presidente argentino en ejercicio ha acudido a ver a la selección desde 1990, cuando Carlos Menem visitó al equipo antes del debut mundialista que Argentina perdió contra Camerún. A Menem le colgaron el sambenito de mufa y desde entonces la Casa Rosada mantiene una distancia supersticiosa con la albiceleste, según recuerda ESPN.

Milei ha llevado el ritual un paso más allá. Ha visto los siete partidos anteriores del torneo desde casa y siempre con la misma chaqueta, una prenda con la marca de la petrolera estatal YPF. La explicación que él mismo dio es de manual del hincha: se la quitó por el calor durante el partido contra Suiza, Argentina encajó un gol, volvió a ponérsela y ya no se la quitó. El Colombiano recogía la misma versión en la previa de la final.

Un palco cargado de política

Lo que Milei se perdió no era un palco cualquiera. La tribuna del MetLife reunió a buena parte de los dirigentes con los que el presidente estadounidense mantiene sus mayores desencuentros abiertos, como avanzó Infobae horas antes del pitido inicial.

El caso español es el más evidente. Trump ha cargado en público contra España por su nivel de gasto en defensa dentro de la OTAN y ha deslizado amenazas arancelarias, de modo que su coincidencia con Sánchez a pocos metros de distancia era uno de los subrayados de la jornada. El resultado, hasta donde alcanzan las crónicas disponibles, fue el previsible en un escenario así: protocolo y compostura, ningún gesto que se saliera del guion. La diplomacia de tribuna funciona precisamente cuando no se nota.

La política del que no aparece

Hay algo revelador en el contraste. Trump ocupó el centro de la escena como anfitrión de un torneo que su país coorganiza; Felipe VI cumplió el papel institucional que la monarquía española lleva décadas ejerciendo en las grandes citas deportivas; Sánchez navegó una situación incómoda sin darle titular a nadie. Y Milei, ausente, también comunicó algo: que en Argentina la relación entre el poder político y la selección se administra con un cuidado casi litúrgico, y que ningún presidente quiere ser el que rompa la racha.

Es una decisión que, vista desde Madrid, puede parecer folclore. Vista desde Buenos Aires es cálculo puro. El coste de aparecer en el palco y perder es infinitamente mayor que el de no aparecer y ganar. En una final, ningún presidente argentino ha querido nunca averiguar cuál de las dos cosas pesa más.